Luego cuarenta minutos.
Doña Lupita hablaba de tonterías para disimular la esperanza; Mauricio fingía mirar el celular, aunque en realidad observaba cada persona que cruzaba la plaza.
Hasta que la vieron.
Mariana apareció por el sendero con una bolsa del súper y el mismo suéter gris del día anterior. Al verlos, se detuvo sorprendida.
—Doña Lupita —dijo sonriendo.
—¡Mariana, mi niña! Qué bueno que te encontramos.
Doña Lupita le tendió el abrigo. Mariana lo recibió con alivio, pero también con esa incomodidad dulce de la gente que ayuda sin querer ser celebrada.
—Gracias por lo de ayer —dijo Mauricio, extendiéndole la mano—. Soy Mauricio, su hijo.
Ella estrechó su mano con timidez.
—Mucho gusto.
—Te vi desde el coche —añadió él—. Vi lo que hiciste por mi mamá.
Mariana bajó la mirada, un poco apenada.
—No fue nada. Tenía mucho frío.
—Justamente. Sí fue algo.
Doña Lupita, que era muchas cosas pero nunca tonta, intervino antes de que el silencio se volviera incómodo.
—¿Ya desayunaste, Mariana?
—No, apenas iba a comprar algo.
—Entonces no se diga más. Vamos a la panadería.
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