Cuando estacionó frente a la placita, la vio de inmediato.
Ahí estaba doña Lupita, sentada en la banca de siempre, bajo el ahuehuete viejo. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los hombros encogidos. Estaba temblando.
Mauricio abrió la puerta del coche, listo para correr hacia ella, pero algo lo detuvo.
Una joven acababa de entrar a la plaza.
Tendría veintisiete, quizá veintiocho años. Iba con una mochila al hombro, el cabello oscuro recogido en una cola de caballo y un abrigo beige gastado en los puños, como de alguien que no compra ropa nueva porque siempre hay algo más urgente que pagar. Caminaba deprisa, seguramente de regreso del trabajo, pero al ver a su madre se detuvo.
Mauricio la observó desde lejos.
La muchacha se acercó, le dijo algo a doña Lupita, se inclinó un poco, la miró a los ojos como quien mira a una persona de verdad y no a una anciana más en una banca. Su madre intentó sonreír y restarle importancia al frío, eso Mauricio lo supo sin oírla, porque conocía ese gesto de toda la vida. Lo que no esperaba fue lo que pasó después.
La joven se quitó su abrigo.
Lo hizo sin pensarlo dos veces.
Doña Lupita protestó, movió las manos, negó con la cabeza. La muchacha insistió. Con una suavidad que lo desarmó, le puso el abrigo sobre los hombros, se lo acomodó bien al cuello y luego se sentó a su lado, solo para hacerle compañía.
Ella misma se quedó en suéter, abrazándose los brazos para soportar el frío.
Mauricio se quedó inmóvil dentro del coche.
No supo cuánto tiempo pasó mirando aquella escena. Cinco minutos. Diez. Tal vez más. Solo sabía que algo, muy adentro, se había movido. En una ciudad donde nadie se detenía por nadie, esa desconocida acababa de darle a su madre lo único que tenía para protegerse del frío. Y él, que podía comprar diez abrigos de la mejor tienda de Masaryk, la había dejado sola durante horas.
Cuando por fin bajó del auto, la muchacha ya se estaba despidiendo.
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