Un millonario llega a la plaza del pueblo buscando a su madre… y ve a un desconocido usando su único abrigo para cubrirla…
Cuando Mauricio Ortega vio a su madre en aquella placita de Polanco, sintió primero molestia y después culpa.
La molestia le nació en cuanto encontró la nota sobre la mesa de la cocina, escrita con la letra redonda y paciente de doña Lupita: “Fui a la placita. Regreso al rato”. Afuera el cielo estaba gris, la llovizna caía fina y el frío se había metido hasta en los edificios. Mauricio miró el reloj: la una cuarenta. Su madre llevaba horas fuera. Seguramente con ese suéter de punto delgado que insistía en usar incluso cuando el clima pedía abrigo, bufanda y prudencia.
Bajó de nuevo al estacionamiento sin siquiera quitarse la corbata. Manejando aquellas tres cuadras sintió ese cansancio agrio que se parecía demasiado a la vida que llevaba desde hacía años: juntas eternas en Santa Fe, llamadas urgentes, clientes de Monterrey, inversionistas de Texas, reportes, balances, desayunos de trabajo, cenas que eran más negociaciones que cenas. Todo, menos tiempo. Todo, menos calma. Todo, menos su madre.
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