La conocía de memoria. Paredes de adobe, techo de teja vieja, una puerta de madera que siempre estaba abierta porque Carmen decía que una casa con la puerta cerrada es una casa sin alma. Rodrigo caminó por el sendero de tierra esperando ver esa puerta abierta, las gallinas picoteando afuera. Tal vez la regadera goteando sobre las macetas. Lo que encontró fue otra cosa. Las ventanas estaban tapadas, clavadas con tablas desde afuera. La puerta tenía una cadena gruesa, oxidada, cruzada entre la manija y un poste de fierro con un candado viejo.
No había gallinas, no había macetas. El patio estaba vacío, seco, como si nadie lo hubiera pisado en meses. Y ahí, echado justo frente a la puerta, estaba un perro flaco color canela, con las costillas marcadas bajo el pelo sucio. Rodrigo lo reconoció. Era Canelo, el perro callejero que su madre alimentaba todos los días. Le ponía un plato de sobras junto a la puerta cada mañana. Es mi compañerito”, le decía por teléfono. “Ya hasta duerme aquí en la entrada.” Canelo seguía ahí, pero ya no era el perro que Rodrigo recordaba, estaba esquelético.
Tenía los ojos hundidos. Cuando vio a Rodrigo, levantó la cabeza despacio, como si le costara trabajo. Meneó la cola una vez, dos veces, y luego soltó un quejido largo, grave, como si llevara meses intentando decirle a alguien lo que estaba pasando. A Rodrigo se le heló la sangre, se acercó a la puerta. La cadena estaba puesta desde afuera. El candado no se podía abrir sin llave. Pegó el oído a la madera. Al principio nada, solo silencio. Luego un sonido débil, como un arrastre, como si alguien se moviera adentro con la poca fuerza que le quedaba.
Mamá, dijo Rodrigo con la voz temblando. Silencio, mamá. Y entonces lo escuchó. Un susurro tan débil que casi se lo lleva el viento. Mi hijo. Rodrigo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Rodrigo no pensó, no midió, no calculó. Corrió a la camioneta, sacó una barra de fierro que traía en la caja y volvió a la puerta. Le dio un golpe a la cadena. Dos, tres. El candado no cedía. le dio con todo el cuerpo, con toda la rabia que le estaba subiendo desde el estómago.
Al quinto golpe, el eslabón más oxidado reventó. La cadena cayó al piso con un ruido seco. Rodrigo empujó la puerta y el olor lo golpeó primero. Un olor espeso, ácido, que se le metió por la nariz y le revolvió el estómago. Orines viejos, mo comida podrida. algo más que no quería identificar. Rodrigo se tapó la boca con el brazo y dio un paso adentro. La oscuridad era casi total. Las ventanas clavadas no dejaban pasar ni un hilo de luz.
Tardó unos segundos en que los ojos se le acostumbraran y entonces la vio. En el rincón del cuarto, sobre un colchón tirado en el piso, estaba doña Carmen o lo que quedaba de ella. La mujer que Rodrigo recordaba era fuerte, ancha de espaldas, morena curtida por el sol, con manos que podían cargar costales de verdura y amasar tortillas al mismo tiempo. La mujer que estaba frente a él era un esqueleto con piel, los brazos flacos como ramas secas, las mejillas hundidas, el pelo blanco largo pegado a la cara con sudor viejo.
tenía un camisón gris que alguna vez fue blanco, manchado de cosas que Rodrigo prefirió no mirar. Carmen levantó una mano, le temblaba tanto que parecía que el aire la movía. Abrió los ojos, tardó en enfocar. “Mi hijo, ¿eres tú o ya me estoy muriendo?” Rodrigo cayó de rodillas junto al colchón. No pudo hablar, no le salían las palabras, solo la abrazó. Y cuando la apretó contra su pecho, sintió cada hueso de su madre, cada costilla, cada vértebra, como si estuviera abrazando a un pájaro herido.
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