EL CABALLO DEL DIABLO: LA VERDADERA HISTORIA DETRÁS DEL CORRIDO…

EL CABALLO DEL DIABLO: LA VERDADERA HISTORIA DETRÁS DEL CORRIDO…

El chamaco abrió los ojos antes que su madre. se quedó quieto en el petate sin moverse escuchando. Escuchó los cohetes, escuchó la tambora lejana, apenas un rumor que entraba por las rendijas de la pared de adobe, y el corazón le empezó a latir tan fuerte que tuvo miedo de que lo despertara a ella. Se levantó sin hacer ruido, cada paso medido, cada respiración contenida. Conocía esa casa como conocía sus propias manos. sabía qué tabla crujía, qué piedra estaba floja, dónde pisar para que el piso no lo delatara.

Agarró un pedazo de tortilla dura que había quedado de la noche anterior, se la echó al morral viejo que usaba para todo y salió al corral donde el burrito dormía parado con la cabeza gacha y las orejas caídas. “Vámonos, compadrito”, le susurró al burro mientras le ponía el mecate. “Pero calladito, ¿eh?” El burro lo miró con esos ojos grandes y tristes que tienen los burros, como si supieran algo que uno no sabe. Movió las orejas y dejó que el chamaco se le trepara.

No protestó, nunca protestaba. Era un animal manso, resignado a su vida de cargar leña y llevar chamacos desobedientes por caminos de terracería. Salieron del rancho cuando apenas clareaba. El camino entre los cerritos era angosto, pedregoso, bordeado de nopales y mequites retorcidos que parecían brazos saliendo de la tierra. El chamaco iba descalso como siempre, con los pies colgando a los lados del burro, tan cerca del suelo que las piedras le rozaban los talones. La camisa rota le dejaba ver el pecho flaco, los huesos de las costillas marcados como si alguien los hubiera dibujado con carbón.

Iba contento, iba nervioso. Su madre le había dicho que no fuera, pero las carreras eran lo único que le daba sentido a sus días, lo único que lo sacaba de la rutina del hambre, del agua con sal, de la ropa remendada. Cuando veía correr un caballo, el chamaco se olvidaba de todo, de la pobreza del padre que se fue del estómago vacío. Llevaba un buen rato andando cuando el camino se puso más solo. Los cerritos se cerraban a los lados, la sombra de los mezquites se hacía más espesa y de repente el aire cambió.

No supo cómo explicarlo. Era como si alguien hubiera abierto una puerta en medio del campo y por ella entrara un viento que no venía de ningún lado. Un viento fresco, pero no del fresco bueno, del fresco que te pone los vellos de punta sin saber por qué. El burro se detuvo así de golpe, clavó las patas en la tierra y no quiso avanzar. El chamaco le dio con los talones, le jaló el mecate, le habló bonito. Nada.

El burro estaba tieso, con las orejas paradas y los ojos bien abiertos, mirando fijo hacia un punto del camino donde no había nada o donde parecía no haber nada. Porque entonces el chamaco lo vio, un hombre sentado a la sombra de un mezquite grande, como si llevara ahí toda la vida, como si el árbol hubiera crecido alrededor de él y no al revés. Vestía de oscuro, camisa negra, sombrero de ala ancha, botas que brillaban como si nunca hubieran tocado el polvo.

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