EL CABALLO DEL DIABLO: LA VERDADERA HISTORIA DETRÁS DEL CORRIDO…

EL CABALLO DEL DIABLO: LA VERDADERA HISTORIA DETRÁS DEL CORRIDO…

Había un rancho entre los cerros de Nayarit, donde la vida no valía mucho más que un puñado de tortillas duras y un jarro de agua del arroyo. Un rancho sin nombre importante, de esos que ni salen en los mapas, pero que la gente de por ahí conocía bien, porque cada año cuando llegaban las fiestas se armaban unas carreras de caballos que hacían temblar la tierra.

Ahí, en una casita de adobe con techo de palma medio podrido, vivía un chamaco con su madre. Nadie recuerda cómo se llamaba el niño. Unos dicen que José, otros que refugio, otros que ni nombre tenía, porque la madre no más le decía mi hijo. Y con eso bastaba. El padre se había ido una mañana cualquiera con la promesa de volver con trabajo y dinero. Nunca volvió. Y la madre dejó de esperarlo cuando el hambre se hizo más fuerte que la tristeza.

Esa mujer era de las que se parten el lomo sin quejarse. Lavaba ropa ajena en el río, remendaba camisas por unos centavos y cuando no había nada que lavar ni remendar, juntaba leña y la vendía en el pueblo de al lado. Cocinaba frijoles cuando había y cuando no, calentaba agua con sal y le echaba unas hojas de quite que arrancaba del monte. El chamaco creció comiendo eso, agua con sal y esperanza, porque la madre, a pesar de todo, nunca dejó de decirle que algún día las cosas iban a mejorar.

Dios aprieta, pero no ahorca mi hijo. Le repetía cada noche antes de dormir y el chamaco le creía o quería creerle. El niño no conocía los zapatos. Sus pies estaban curtidos como cuero de tambora, agrietados, duros, acostumbrados a las piedras filosas del camino y al lodo frío de las mañanas. Su camisa, la única que tenía, estaba tan remendada que ya no se sabía de qué color había sido original. Pero al chamaco no le importaba, porque el chamaco tenía algo que ningún rico del rancho podía comprar, una obsesión que le ardía en el pecho como lumbre que no se apaga.

Los caballos, las crines volando con el viento, los cascos golpeando la tierra como un tambor. El chamaco podía pasarse horas mirando un caballo pastando, horas sin moverse, como hipnotizado. Y lo peor o lo mejor, según se mire, es que cerca de ahí vivían unas comunidades donde cada cierto tiempo armaban carreras. carreras con apuestas, con tambora, con cohetes que reventaban el cielo. Los rancheros grandes llegaban con sus cuacos finos, con sus monturas de plata, con morrales llenos de billetes.

Se formaban los carriles en un tramo recto de tierra apisonada. Los vedores se paraban en la raya y la gente se amontonaba a los lados gritando nombres de caballos como si fueran santos en procesión. El chamaco iba a todas, a todas, aunque su madre no lo dejara. Se levantaba antes de que saliera el sol, se trepaba en su burrito, un animal viejo, flaco, con las costillas marcadas como teclas de acordeón y cruzaba los cerritos solo para llegar a tiempo.

Nunca apostaba, no tenía con qué, nunca montaba, no tenía en qué, solo miraba desde lejos, detrás de la gente grande, empinándose sobre las puntas de sus pies descalzos, para ver cómo los caballos salían disparados en la arrancada. Y cada vez que un cuaco cruzaba la raya primero, el chamaco sentía algo raro en la garganta, como un nudo, como ganas de llorar, pero no de tristeza, de algo que no tenía nombre, algo que se parecía a querer algo con tanta fuerza que duele.

El burrito lo esperaba siempre amarrado a un mezquite, masticando lo que encontrara, hierbas secas, basura, lo que fuera. El chamaco le acariciaba el occico al volver y le decía, “Un día, compadrito, un día tú y yo vamos a correr también.” El burro movía las orejas como si entendiera, o como si le diera igual, que con los burros nunca se sabe. Lo que sí se sabe es que aquel año las fiestas se anunciaron más grandes que nunca. La voz corrió de rancho en rancho como pólvora en tiempo de secas.

Iban a venir caballos de lejos, las apuestas iban a ser fuertes. Había carreras para los grandes, para los que tenían nombre y dinero y caballos de verdad. El chamaco escuchó la noticia y sintió que el corazón se le quería salir del pecho. Esa noche no pudo dormir. Se la pasó dando vueltas en su petate, mirando el techo de palma, imaginando los caballos que vendrían. Su madre lo escuchó moverse y le dijo desde el otro lado del cuarto, “Ni se te ocurra ir a esas carreras, mijo.

No quiero que andes por esos caminos solo.” El chamaco no contestó, pero ya sabía que iba a ir, aunque le costara el regaño más grande de su vida. Y es que no podía no ir. Era como pedirle al río que no baje, como pedirle al viento que no sople, lo que el chamaco no sabía, lo que nadie en ese rancho podía saber. Es que en ese camino entre los cerros alguien lo estaba esperando. Alguien que ya sabía su nombre antes de conocerlo.

Alguien que llevaba un morral con dinero y un caballo frente blanca que no pertenecía a este mundo. Pero eso, eso viene después. Amaneció el día de las carreras y el cielo estaba tan limpio que parecía recién lavado. Ni una nube. El sol todavía no pegaba fuerte, pero ya se sentía en el aire esa energía que solo tienen los días donde algo va a pasar. Desde lejos, muy lejos, ya se escuchaban los primeros cohetes reventando contra el azul.

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