¿180 PESOS POR ESO? Todos rieron en el yonke.GMC 1946 restaurada vale lo que ellos ganan en 3 años…

¿180 PESOS POR ESO? Todos rieron en el yonke.GMC 1946 restaurada vale lo que ellos ganan en 3 años…

Tomás esperó hasta que se fue. Luego se giró hacia Martín. vas a trabajar aquí. Te voy a pagar 45,500 pesos a la semana. Sé que no es mucho, pero es lo que puedo ofrecer a alguien empezando. Vas a usar ese dinero para vivir, para rentar un cuarto, para comer bien y en tus tiempos libres, tardes, fines de semana, vas a usar mi taller para restaurar esa GMC. Voy a darte acceso a herramientas, a mis contactos de refacciones, a todo lo que necesites.

Martín no podía hablar. Las lágrimas caían sin control. Ahora, ¿por qué? logró susurrar finalmente. ¿Por qué haces esto? Tomás sonríó. Porque tu padre me enseñó que cuando tienes oportunidad de cambiar la vida de alguien, no preguntas por qué, simplemente lo haces. Se paró, extendió la mano. Bienvenido al taller González. Martín, tu padre estaría orgulloso. Martín tomó su mano y por primera vez en 847 días durmiendo en las calles. 1196 días desde la muerte de su padre, 731 días desde que Laura y Samuel se fueron.

Por primera vez en todo ese tiempo, Martín Herrera sintió que tal vez, solo tal vez, podía volver a ser el hombre que una vez fue. Esa tarde, cuando Gabriela regresó del yonke con los papeles firmados y una llave oxidada de la GMC, Martín salió del taller. Tomás le había dado 500 pesos de adelanto. le había dado la dirección de una casa de huéspedes en la colonia Ferrocarril, donde una señora, doña Lupita, rentaba cuartos a 150 pesos la noche.

Pero Martín fue a la casa de huéspedes todavía. Fue al yonke de Don Chui. Cuando llegó, el sol se estaba poniendo igual que 8 días atrás cuando la había visto por primera vez. Pero ahora cuando apartó la maleza y tocó el cofre oxidado de la GMC 1946, lo hizo con una llave en la mano y un plan en el corazón. “Ya vengo por ti, papá”, susurró al metal frío. “Te prometo que voy a devolverle el alma.” Don Chuy apareció detrás de él.

“Martín, Gabriela vino hace rato. Dijo que ibas a llevártela. Necesito tiempo para prepararla. Conseguí trabajo. En dos semanas voy a venir con una grúa, pero hoy, hoy solo vine a hacerle una promesa. Don Chuy asintió comprendiendo. Se quedó ahí con Martín mientras oscurecía, dos hombres parados frente a una camioneta casi destruida que representaba mucho más que metal y tuercas. Representaba redención. Y Martín Herrera, después de 847 días en la oscuridad, finalmente había encontrado su luz. Pero lo que no sabía, lo que no podía saber todavía, era que restaurar esa GMC sería el trabajo más difícil de su vida.

No por las herramientas que faltaban, no por las refacciones imposibles de conseguir, sino por algo que descubriría tres meses después, escondido debajo del asiento en una bolsa de lona encerada, algo que haría que todo tuviera sentido y algo que lo haría llorar más que cualquier otra cosa en esta historia. Pero eso vendría después. Por ahora, en este momento, Martín Herrera solo tenía una meta, trabajar. Aprender nuevamente a vivir y pieza por pieza, tornillo por tornillo, reconstruir no solo una camioneta, sino reconstruir su alma.

Dos semanas después, un sábado a las 7 de la mañana, una grúa llevó la GMC 1946 desde el yonque de Don Chuy hasta la nave más alejada del taller González. Martín había usado su primer sueldo completo, 4500 pesos, en tres cosas. 1sel 50 pesos para doña Lupita, 800 pesos en ropa de trabajo decente y 2,650 pesos para la grúa y materiales básicos de limpieza. Cuando la GMC fue bajada de la plataforma con chirridos de cadenas y metal oxidado, los otros mecánicos del taller se acercaron curiosos.

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