Tenía doce años, piel morena, ojos negros y brillantes, y vivía en una comunidad escondida entre la selva, cerca de un brazo del Usumacinta. Desde pequeña había aprendido a escuchar antes de moverse, a oler el peligro antes de verlo y a caminar sin romper una rama. Para ella la selva no era amenaza. Era casa, camino y refugio.
Y por eso comprendió enseguida que algo estaba mal.
No era sólo el fuego. Era el olor de la gasolina donde debía oler a tierra mojada y hojas podridas. Era la manera en que esos adultos se movían: tranquilos, seguros, como gente convencida de que nadie interrumpiría su crimen.
Nayeli no corrió.
Pensó.
Vio que la mujer se apartaba un poco, respondiendo una llamada. Vio que uno de los hombres daba la espalda al árbol. Vio la brecha.
Y se movió.
Se arrastró entre raíces gordas como serpientes dormidas, esquivó hojas secas, evitó la luz y llegó hasta la parte trasera del árbol. Sacó de su cintura una pequeña hoja de metal que usaba para cortar hilo de pesca. La apoyó sobre la cuerda y empezó a serrar con movimientos cortos y rápidos.
El fuego crecía al frente.
Las fibras cedían apenas.
El sudor le corría por la frente, no por calor, sino por el terror de hacer un ruido equivocado.
Uno de los hombres se rio.
Otro dijo:
—Ya quedó.
La cuerda se rompió.
Alejandro se venció hacia un lado, y dos manos pequeñas lo sostuvieron con una fuerza que no parecía posible.
—No se mueva —susurró Nayeli.
La voz era tan baja que casi se confundió con el zumbido de los insectos.
Ella no intentó soltarle todo de una vez. No había tiempo. Lo jaló hacia una hondonada oculta detrás del árbol, cubierta por raíces, barro y lianas. Apenas se acomodaron allí cuando las llamas subieron con más fuerza.
—Listo —dijo uno de los hombres.
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