Un multimillonario muere quemado vivo a manos de su esposa, pero una joven pobre aparece para salvarlo y cambiar el destino de todos.
A mediodía, en la selva Lacandona, el calor no caía: aplastaba. La luz blanca atravesaba las copas inmensas de los árboles y rajaba la tierra húmeda en cuchilladas de fuego. El aire era tan espeso que cada respiración parecía entrar hirviendo a los pulmones. Los insectos zumbaban sin descanso, como una máquina infinita escondida entre hojas, lianas y troncos cubiertos de musgo.
En medio de un claro, Alejandro Montaño, uno de los empresarios más poderosos de México, estaba amarrado a un árbol.
Tenía las manos atadas detrás de la espalda, los ojos vendados y la camisa empapada de sudor. A sus pies, hojas secas y ramas habían sido rociadas con gasolina. El olor era tan fuerte que se le metía por la nariz y le raspaba la garganta. No gritaba. No porque no quisiera, sino porque algo dentro de él ya entendía que aquello no era un secuestro cualquiera.
Era una ejecución.
Alejandro había construido un imperio de transporte que unía rutas de carga desde Chiapas hasta Veracruz, desde la frontera sur hasta los puertos del Golfo. Tenía dinero, prestigio, influencia, una casa frente al mar en Acapulco y una familia que, vista desde afuera, parecía perfecta.
Pero el destino no siempre destruye a un hombre con sus enemigos.
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