—Tal vez sea lo mejor, papá —murmuró sin verme.
Entonces sonreí por dentro.
Porque en ese instante supe que Elena había tenido razón. Y también supe que ya no tenía por qué seguir protegiendo a nadie de sí mismo.
Tomé el folleto y lo guardé en el bolsillo.
—Denme una semana —dije, fingiendo cansancio—. Quiero ordenar las cosas de Elena antes de irme.
Mariana vaciló, pero aceptó.
—Solo una semana, don Ernesto. Los inversionistas regresan el sábado. Necesitamos la casa libre.
Apenas salí, llamé al licenciado Hernán Suárez, el abogado de confianza de Elena.
—Hernán —le dije—. Congela mis cuentas personales. Cancela la transferencia automática a Rodrigo. Y saca el fideicomiso. Ya es hora.
Hernán no hizo preguntas. Solo respondió:
—Entendido. Vamos a divertirnos un poco.
Esa misma tarde subí al desván. Debajo de una tabla floja estaba la caja metálica donde Elena y yo habíamos guardado la carpeta del fideicomiso. Ahí estaba todo: escrituras, sellos, cláusulas. Elena había dejado el rancho en un fideicomiso irrevocable con una sola persona al mando hasta su muerte:
Ernesto Salgado.
Rodrigo recibiría un apoyo económico, sí. Pero no tendría voz, voto ni propiedad alguna sobre la tierra, salvo que yo, y solo yo, lo considerara digno de administrarla.
Yo era dueño del rancho.
De la casa.
De los establos.
De cada centímetro que Mariana ya estaba ofreciendo a los del campo de golf.
Y no tardé en comprobarlo.
Leave a Comment