Un millonario busca una madre para sus hijos… pero una simple empleada doméstica lo cambia todo…

Un millonario busca una madre para sus hijos… pero una simple empleada doméstica lo cambia todo…

Los tres corrieron hacia ella sin pensarlo. Mateo se colgó de su cuello. Emiliano escondió la cara en su hombro. Nico, el más pequeño, la abrazó por la cintura como si temiera que desapareciera si la soltaba.

Desde la puerta de la terraza, Tomás Villaseñor contemplaba la escena en silencio.

Alto, impecable, con el traje oscuro ajustado a la perfección y el gesto de quien llevaba años acostumbrado a que el mundo obedeciera, Tomás era el tipo de hombre que imponía respeto apenas entraba a un lugar. Había construido un imperio hotelero desde cero, aparecía en revistas de negocios y cerraba contratos millonarios con una mirada. Sin embargo, cuando se trataba de sus hijos, siempre sentía que llegaba tarde. Desde que su esposa murió, la casa se volvió funcional, ordenada, eficiente… y profundamente fría.

Él les daba estabilidad. Seguridad. Rutina. Educación. Todo lo correcto.

Pero no conseguía que lo miraran como miraban a Fernanda.

Ella alzó la vista por un segundo y sus ojos se cruzaron con los de él. No hubo palabras, pero ambos sintieron la incomodidad de una verdad demasiado evidente: los niños corrían hacia ella de una manera que nunca corrían hacia su padre.

Y no eran los únicos que observaban.

Desde el interior de la mansión, sosteniendo una copa de vino tinto con dedos perfectamente esmaltados, Catalina Alcázar contemplaba la escena con una sonrisa apenas dibujada. Era una mujer hermosa, elegante, de modales impecables y voz sedosa. Sabía entrar en una habitación y hacer que todos voltearan. Sabía decir exactamente lo necesario para parecer encantadora. Y sabía, por encima de todo, conseguir lo que quería.

Y lo que quería estaba a punto de ser suyo.

En apenas dos semanas se casaría con Tomás Villaseñor. Se convertiría en la nueva señora de la casa, en la mujer que ocuparía el lugar vacío junto al dueño del imperio. Tenía el vestido, la fecha, los invitados, el anillo y hasta la historia perfecta: una viuda no, pero sí una futura madre amorosa que venía a devolverle calidez a una familia rota.

Solo había un problema.

Los niños no la querían.

No la buscaban. No la necesitaban. No corrían hacia ella. Y cada vez que escuchaba a los tres gritar “Fer”, algo se le endurecía por dentro.

No iba a permitir que una empleada arruinara su futuro.

Aquella tarde, cuando Tomás entró al salón con el ceño levemente fruncido, Catalina dejó la copa sobre la mesa de mármol y cambió el rostro en un segundo. Su expresión se volvió suave. Preocupada. Casi tierna.

—Amor —dijo acercándose—. Te estaba buscando.

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