Tomás Abarca, alto, seco, impecable, levantó la vista sobre sus lentes y leyó con voz de piedra:
—A mi exnuera, Sara Jiménez, le dejo la cantidad exacta de un dólar estadounidense.
El silencio duró un segundo. Después llegaron las risas.
Gregorio se echó hacia atrás en la silla como si el universo acabara de darle la razón. Sus hermanas, Carolina y Beatriz, soltaron carcajadas sin pudor. Ximena chasqueó la lengua con una mueca de burla.
Tomás deslizó el billete hacia Sara. Debajo del billete, un sobre blanco, pequeño, sin nombre.
—Debe aceptarlo físicamente para que la voluntad quede ejecutada conforme a derecho —dijo el abogado.
Sara sintió arder los ojos. Pensó en Lucía, su hija, desayunando pan con leche en un departamento húmedo donde la calefacción casi nunca funcionaba. Pensó en los avisos de cobro pegados al refrigerador con imanes viejos. Pensó en los zapatos gastados de la niña, en la lista de útiles, en los recibos que nunca dejaban de llegar.
Y entonces, en lugar de llorar, se rio.
No fue una risa histérica. Fue una risa cansada, amarga, nacida del puro agotamiento.
Tomó el dólar, guardó el sobre en su bolso barato y dijo:
—Díganle a don Arturo que gracias. Voy a procurar no gastarlo todo en un solo lugar.
Se levantó y salió sin mirar atrás, dejando por primera vez a Gregorio sin el placer de verla rota.
A la mañana siguiente, a las seis cincuenta y ocho, alguien llamó a la puerta de su departamento.
Sara ya estaba despierta, con café barato entre las manos, mirando el billete sobre la mesa junto a las cuentas vencidas. Había abierto el sobre la noche anterior esperando una nota insultante, pero solo encontró una tarjeta gruesa con una frase escrita a mano:
Esté lista a las 7:00. Abríguese bien.
Había pensado que era otra humillación.
Se acercó a la puerta y miró por la mirilla.
Del otro lado estaba Tomás Abarca, envuelto en un abrigo de lana oscura, como si perteneciera a otro mundo y hubiera bajado por error al suyo.
Sara abrió apenas.
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