El sonido no era humano, era un rugido profundo gutural, como si una bestia hambrienta estuviera devorando la madera vieja de la casa. Pero no era una bestia de carne y hueso, era fuego, un fuego voraz y cobarde que había comenzado a medianoche alimentado por manos criminales y la gasolina de la traición. Bianca tosió violentamente cubriéndose la boca con el dobladillo de su camisón de franela.
El humo negro y espeso ya había invadido el pasillo esa misma galería donde tantas veces había caminado en silencio cargando su soledad, ahora se convertía en un túnel asfixiante. Sus ojos le ardían como si le hubieran echado chile en polvo, pero no se permitió cerrarlos. No podía. No cuando tres vidas inocentes dependían de que ella mantuviera los ojos bien abiertos. Niñas, gritó, pero su voz salió rasposa, ahogada por el estruendo de las vigas tronando sobre su cabeza.
El calor era insoportable, una bofetada física que le secaba la piel al instante. Se arrastró por el suelo de madera, recordando lo que su difunto esposo Carlos siempre decía. Si hay humo al suelo, Bianca, el aire bueno se esconde abajo. Ay, Carlos. Si pudiera verla ahora peleando como una gata panza arriba contra el destino. Llegó a la puerta de la habitación de huéspedes que ahora era el cuarto de ellas. Empujó la puerta con el hombro, sintiendo el metal del pomo ardiendo en su piel.
Tormenta gritó con todas sus fuerzas usando la palabra clave ese código sagrado que habían practicado como un juego. Es hora de jugar a la tormenta. Allí estaban tres bultitos temblando en una esquina, abrazadas las unas a las otras como si quisieran fundirse en una sola persona. Alondra, Ángela y Alicia. Sus ojos, grandes como platos y llenos de un terror absoluto, reflejaban las llamas anaranjadas que bailaban fuera de la ventana rota. Tía Bianca sollozó Alicia, la más pequeña, extendiendo sus bracitos hacia ella.
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