Mateo tragó la vergüenza que le raspaba la garganta.
—Sí, claro, mi amor.
—Entonces sí quiero —susurró Luna.
Sofía anotó como si acabara de recibir una orden de la persona más poderosa del restaurante.
—Excelente elección. ¿Y para ti?
Mateo soltó una risa breve, agotada.
—Creo que necesito… unos cinco años de terapia.
Ella esbozó una media sonrisa.
—Eso no sale de cocina. Pero sí puedo ofrecerte café, agua mineral o la carta de vinos sin juicios incluidos.
Por primera vez desde que Camila se había ido, Mateo sintió que el aire volvía a entrarle a los pulmones.
—Agua mineral, por favor.
—Enseguida.
No añadió “lo siento” ni “qué pena”. Y justamente por eso, cuando se alejó, el silencio dejó de sentirse como un castigo.
Luna volvió a bajar la vista a su hoja de colorear.
—Papi…
—Sí, corazón.
—¿Podemos quedarnos tantito? Ya no me duele la panza.
Mateo supo que no hablaba de la comida. Le dolía la otra panza, la de las emociones que una niña de cinco años todavía no sabe nombrar. Le acarició el cabello rubio, heredado de su mamá, y asintió.
—Nos quedamos.
Luna tomó el crayón rosa otra vez, pero esta vez sus dedos ya no estaban tan tensos.
Sofía regresó con la bebida, la limonada y un plato pequeño con pan calientito.
—Esto va por cuenta de la casa —dijo, acomodándolo frente a Luna—. El chef dice que los macarrones tardan un poquito y no quiere que una clienta distinguida espere con el estómago vacío.
Luna la miró con una seriedad conmovedora.
—Gracias.
—A ti por no despedirme por traer pan antes de tiempo.
Luna soltó una risita. Pequeña, tímida, pero real.
Mateo sintió algo romperse adentro. No de dolor, sino de alivio.
Cuando Sofía se fue, Luna arrancó un pedazo de pan y se lo ofreció.
—Papi, toma. Tú también estás triste.
Mateo aceptó el trocito como si fuera una medicina.
—Gracias, mi amor.
Ella lo observó unos segundos.
—La señora fea no me quería ahí, ¿verdad?
A él le ardieron los ojos.
—No era por ti.
—Sí era un poquito por mí.
La honestidad de los niños siempre cae donde más duele. Mateo dejó el vaso en la mesa antes de que se le resbalara.
—Escúchame bien, Luna. Hay personas que no entienden ciertas cosas. Y hay personas que creen que para querer a alguien hay que hacerlo sin complicaciones, sin historia, sin responsabilidades. Pero tú no eres una complicación. Eres lo mejor que me ha pasado.
Luna bajó la mirada.
—Pero a veces te arruino las citas.
Mateo sintió una punzada tan honda que por un instante no pudo hablar.
Se inclinó hasta quedar a su altura.
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