Había una mesa coja.
Dos sillas.
Una cama angosta.
Y junto a ella, una caja forrada con una cobija.
La cama de Canela.
Ya estaba lista desde antes de salir al veterinario.
Con un plato limpio.
Un trapo doblado.
Y una botellita de agua al lado.
Don Pancho se hincó como pudo.
Entre todos le ayudaron a bajar la estructura.
Él acomodó a Canela en su cajita con una delicadeza que hizo llorar a la tendera.
Le revisó la venda.
Le acarició el hocico.
Le habló bajito.
—Ya, mi niña… ya estás en casa.
Canela levantó apenas la cabeza y le lamió los nudillos.
Solo una vez.
Pero bastó.
Don Pancho sonrió.
Y entonces se desplomó.
No cayó de golpe.
Primero se le fue el color.
Luego la mano buscó la mesa.
Después las piernas cedieron.
La vecina gritó.
El muchacho lo alcanzó antes de que se golpeara la cabeza.
—¡Don Pancho!
No respondía.
Tenía los labios pálidos.
El pecho subiendo apenas.
La tendera salió corriendo a pedir ayuda.
Ahora sí hubo prisa.
Ahora sí hubo manos.
Ahora sí hubo quien ofreciera carro.
En menos de tres minutos, el mismo barrio que antes lo había dejado caminar solo estaba reunido dentro y fuera de su casa.
Uno llamó a una ambulancia.
Otro fue por un médico de la colonia.
La vecina buscó entre los frascos hasta encontrar recetas vencidas y cajas a medias.
—No puede ser… no se está tomando nada como debe.
El médico llegó primero que la ambulancia.
Le revisó el pulso.
La presión.
Los ojos.
Y soltó una frase que dejó a todos helados.
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