El lobby del Corporativo Garza nunca había estado tan silencioso.
Tenía a mi alrededor a decenas de empleados, ejecutivos y guardias de seguridad… pero en ese momento todo parecía borroso.
Solo veía al niño.
Y la fotografía.
La mujer que aparecía en esa imagen tenía el cabello oscuro, largo, movido por el viento. Estaba riendo mientras yo la abrazaba por detrás.
Recordaba perfectamente ese día.
Porque fue el último día que fui feliz sin pensar en dinero.
—¿Quién te dio esto? —pregunté con la voz más baja de lo que esperaba.
—Mi abuelita.
Mateo seguía sosteniendo el maletín con fuerza.
—Me dijo que usted entendería.
Sentí que el pasado me golpeaba con la fuerza de un tren.
Elena Thompson.
Ese era su nombre.
La conocí cuando tenía veintiún años.
En aquel entonces yo no era un empresario poderoso.
Era solo un estudiante de ingeniería con sueños demasiado grandes y dinero demasiado pequeño.
Elena trabajaba en una cafetería cerca de la universidad.
Nos enamoramos rápido.
De esos amores que no preguntan si son convenientes.
Pero mi ambición siempre fue más fuerte que cualquier otra cosa.
Cuando me ofrecieron una oportunidad en Monterrey para comenzar en una empresa constructora, la tomé.
Elena no quiso irse.
Su familia estaba en México.
Su vida estaba ahí.
Discutimos.
Dijimos cosas que ninguno de los dos debía decir.
Y me fui.
Sin mirar atrás.
Nunca supe nada más de ella.
Hasta ese momento.
Miré otra vez al niño.
Mateo.
—¿Tu abuela… se llamaba Elena?
Sus ojos se abrieron un poco.
—Sí, señor.
Sentí que el aire se volvía pesado.
—¿Y tus papás?
Mateo bajó la mirada.
—Mi mamá murió cuando yo tenía cinco años.
Un silencio incómodo cayó entre nosotros.
—Mi abuelita me crió desde entonces.
Tragué saliva.
Algo dentro de mí comenzaba a encajar… de una forma que no me gustaba.
—¿Cómo se llamaba tu mamá?
El niño respondió sin dudar.
—Lucía Thompson.
Lucía.
El nombre me golpeó como un recuerdo olvidado.
Elena había estado embarazada cuando nos despedimos.
Pero en aquel entonces no estaba segura.
O al menos eso me dijo.
Nunca supe si era verdad.
Nunca pregunté.
Porque preguntar habría significado quedarme.
Y yo elegí irme.
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