Se detuvo. La miró un momento largo sin decir nada. mirándola a ella, mirando la panza, mirando las cuatro paredes sin techo, mirando la chiva echada a la sombra del árbol. Después habló con una voz rasposa, lenta, que salía como si cada palabra le costara esfuerzo. “Usted es la que compró.” Lupita asintió. “Soy refugio, vivo cerro arriba. ” Señaló con la barbilla hacia el cerro que se levantaba al norte del terreno. Vine a trabajar. A trabajar en qué?
En lo que haga falta. Lupita lo miró sin entender. Señor, yo no tengo para pagarle nada. Don Refugio bajó el asadón del hombro y lo clavó en la tierra con un golpe seco. Se quitó el morral y lo dejó en el suelo. Adentro se oía cal suelta y algo metálico. No le estoy cobrando. Entonces, ¿por qué vino? El viejo miró las cuatro paredes, miró el árbol retorcido, miró la grieta del piso que se asomaba por debajo de la tabla y dijo con la misma voz rasposa, como si hablara más para sí mismo que para ella.
Le debo algo a alguien que ya no está. No dijo a quién, no dijo qué. Se puso el sombrero derecho, agarró el asadón y empezó a limpiar la maleza alrededor de la construcción, como si llevara años planeando hacerlo. Lupita se quedó parada en el hueco de la puerta, mirándolo trabajar con una mano en la panza y la otra apretando el marco de block. No entendía, no tenía por qué entender. Pero algo dentro de ella, en ese lugar del instinto que no se explica con palabras, le dijo que no le pidiera que se fuera.
Don Refugio trabajó tres días seguidos sin que Lupita le pidiera nada y sin que él explicara nada. Llegaba cuando el sol apenas empezaba a calentar, con el asadón al hombro y el morral cruzado, subía por la vereda con ese paso lento y desigual, de rodillas gastadas, y se ponía a hacer lo que sus ojos decidían que era necesario. El primer día limpió la maleza alrededor de las cuatro paredes, arrancó espinos, cortó hierba seca, sacó piedras enterradas y las fue amontonando en una fila al costado del muro, como si estuviera armando un muro invisible que solo él podía ver.
El segundo día mezcló la cal del morral con arena suelta y empezó a tapar las grietas más pequeñas de los muros, las que dejaban pasar el viento de noche, las que dejaban entrar a la crranes y ciempiés que Lupita tenía que espantar con un palo antes de acostarse. El tercer día trajo unos tablones amarrados con mecate que cargó en la espalda cerro abajo y los fue colocando sobre el muro más bajo, armando una media sombra que no era techo, pero que era lo más cerca de un techo que esas paredes habían tenido en años.
Lupita lo observaba trabajar mientras hacía lo suyo. Barrer el piso de cemento con una escoba de vara que armó ella misma, acomodar sus cosas en el rincón más protegido, revisar los frascos de semillas que había traído en el costal. No hablaban mucho. Don Refugio no era hombre de conversación. Soltaba frases cortas que parecían incompletas, como si la otra mitad de cada idea se la guardara para sí mismo. Este block aguanta. La cal va a agarrar si no llueve.
Ese árbol tiene la raíz muy metida. Lupita contestaba con monosílabos o con silencios que el viejo no parecía necesitar que se llenaran. Había entre ellos una comunicación que no pasaba por las palabras, la de dos personas que trabajan juntas en un lugar duro y no necesitan explicarse por qué lo hacen. Fue al cuarto día cuando Lupita le preguntó por el terreno. Estaban sentados a la sombra del árbol retorcido. Lupita en un balde volteado, don Refugio en una piedra plana, compartiendo agua de una botella y unas tortillas con sal.
que ella había traído de la villa. El viejo comía despacio, masticando mucho cada bocado con los pocos dientes que le quedaban, mirando el terreno con esos ojos hundidos que parecían estar viendo dos cosas al mismo tiempo, lo que estaba ahí y lo que estuvo alguna vez. Don Refugio, ¿usted conocía al dueño de antes? El viejo dejó de masticar un momento, después tragó y dijo, abundió. Se llamaba Abundio. Era su amigo, era mi compadre. Lupita esperó. Don Refugio miró hacia el arroyo seco y dijo, como quien lee una línea de un libro que se sabe de memoria.
Abundio era un hombre que nunca dejaba nada sin anotar. Todo lo que veía, todo lo que pasaba, lo escribía en un cuaderno. Decía que la memoria se muere con uno, pero el papel aguanta. Lupita asintió, sin entender del todo por qué eso importaba. Don Refugio no dijo más. Se levantó de la piedra con esfuerzo, agarró el asadón y volvió al trabajo. El tema se cerró como se cerraban todos los temas con él, sin conclusión, sin remate, dejando un hilo suelto que se quedaba flotando en el aire como humo de leña.
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