El corazón le dio un vuelco en el pecho.
Ante ellos, emergiendo de la niebla como el cadáver de un gigante oxidado, se erguían los restos putrefactos y esqueléticos del antiguo Aserradero Dientes de Sierra.
Las estructuras de madera, colapsadas y podridas por la humedad, parecían ruinas antiguas de una civilización olvidada. El aserradero había sido clausurado y abandonado a principios de los años ochenta tras una serie trágica de accidentes laborales fatales. Los lugareños del valle decían que el lugar estaba maldito.
La naturaleza había reclamado la tierra de forma violenta. Gruesas enredaderas y hiedra venenosa envolvían los pilares de hierro y madera en descomposición, estrangulando las viejas maquinarias que ahora no eran más que trozos de óxido irreconocibles.
Eric tragó saliva, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia helada. Era un lugar sombrío, peligroso, lleno de agujeros, clavos oxidados y pisos falsos que podían ceder en cualquier momento.
Barrió con su linterna a través de las ruinas principales, su corazón latiendo a un ritmo frenético contra sus costillas, amenazando con salir de su pecho.
El rayo de luz blanca bailó sobre la madera podrida, los montículos de aserrín petrificado y la maleza descuidada.
Fantasma soltó un ligero quejido, casi imperceptible, y dio unos pasos hacia la derecha de la estructura principal.
Eric movió la luz hacia donde apuntaba el perro. Y entonces, el haz se detuvo abruptamente, congelándose en un punto específico.
Allí, a unos diez metros de distancia, enganchada despiadadamente en las afiladas espinas de un denso arbusto silvestre de zarzamoras, había una pequeña mancha de color brillante.
Un color que rompía con la monotonía sepulcral del aserradero muerto.
Un amarillo chillón, vibrante, que a Eric se le clavó en el alma.
El aliento abandonó por completo los pulmones del veterano. Sus piernas, que habían soportado la brutal escalada, de pronto parecieron hechas de gelatina.
Era el pequeño guante de estambre amarillo. El que le había regalado a Irene en su cumpleaños.
Su niña. Su pequeña, aterrorizada y frágil niña… había estado en ese lugar maldito.
Capítulo 3: Luz Cegadora y el Eco del Plomo
El guante amarillo.
Aquel pedazo de estambre tejido, empapado y sucio de lodo, colgando de las espinas de la zarzamora, fue como un cortocircuito en el cerebro de Eric.
Todo su entrenamiento, los años de disciplina férrea en las Fuerzas Especiales, las tácticas de control de emociones bajo fuego enemigo… todo se desintegró en un milisegundo.
Ese guante significaba que su niña, su pequeña Irene, de cinco años, estaba ahí. En ese aserradero abandonado y putrefacto. En medio de la tormenta más brutal que la Sierra Madre había visto en décadas.
Un jadeo agudo y roto escapó de los labios del ex-militar.
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