Parecían felices.
De verdad felices.
—¿Qué hice diferente aquí? —pregunté.
El otro yo se acercó lentamente.
—Nada espectacular —dijo—. Solo decisiones pequeñas… pero constantes.
Se detuvo a mi lado.
—En esta vida, no ignoraste ciertas oportunidades. No dejaste que el miedo decidiera por ti.
Bajé la mirada.
Sus palabras dolían más de lo que esperaba.
—¿Y en mi vida…? —pregunté.
—En tu vida —respondió—, dudaste demasiado.
El silencio cayó entre nosotros.
—Esto no es justo… —murmuré—. Nadie me dijo que mis decisiones crearían… esto.
El otro yo soltó una leve risa.
—Siempre lo supiste. Solo que no querías aceptarlo.
Volví a mirar a mi “otro yo” en el sofá.
Parecía tan… en paz.
—¿Puedo quedarme aquí? —pregunté de repente.
La pregunta salió sola.
El otro yo no respondió inmediatamente.
—No —dijo finalmente.
Sentí como si algo dentro de mí se rompiera.
—¿Por qué no?
—Porque este lugar ya tiene un “tú” —explicó—. Y dos versiones no pueden coexistir.
Apreté los puños.
—Entonces… ¿qué se supone que debo hacer?
El otro yo me miró fijamente.
—Seguir viendo.
Antes de que pudiera reaccionar, levantó la mano.
Y todo a mi alrededor empezó a distorsionarse.
La imagen de mi familia se desvaneció lentamente.
La casa desapareció.
La luz se apagó.
Y de nuevo…
Oscuridad.
Pero esta vez… no estaba solo.
Escuché respiración.
Cerca.
Demasiado cerca.
Y entonces, una voz desconocida susurró:
—Esta no es la peor versión de ti…
Sentí un escalofrío.
Porque por primera vez…
No era mi voz.
Y eso lo hacía mucho más aterrador.
Leave a Comment