Vi lo que haces con las jeringas. Vi la medicina que extra. Vi como mi propia empresa te está cobrando la vida de ese niño. Sé lo de la inhabilitación médica. Sé lo del Hospital San José. Sé que fue Fabiola. Nayeli cerró los ojos y soltó un soyozo ahogado que le desgarró la garganta a Héctor. Ella se cubrió el rostro con las manos sucias, colapsando contra la pared de ladrillos del callejón. Ya no era la leona furiosa, era una mujer destrozada, agotada hasta los huesos por una guerra que llevaba 5 años peleando sola en la oscuridad.
Héctor se acercó acortando la distancia y se detuvo a centímetros de ella. Quería abrazarla, quería esconderla del mundo, pero sabía que no tenía el derecho, no después de lo que le había hecho. Perdóname, susurró Héctor. Y por primera vez en toda su vida adulta, el hombre que controlaba un imperio rompió a llorar frente a otra persona. Oh, perdóname. No lo sabía. Te lo juro por mi vida, Nayeli. Yo no sabía que ella te había destruido. No sabía que te habían quitado la licencia.
Nayeli levantó el rostro lentamente. Sus ojos rojos e hinchados lo miraron con un rencor frío y profundo que el heló la sangre de Héctor. ¿Y de qué sirve tu perdón, Héctor? Escupió ella con la voz cargada de veneno. Tu perdón no compra la medicina de mi hijo. Tu perdón no le quita la fiebre. Tu perdón no borra las noches que tuve que dormir en la calle muerta de miedo porque los matones de tu esposa me estaban cazando.
Héctor sintió que el mundo perdía el equilibrio. ¿Qué matones?, preguntó sintiendo un vacío en el estómago. Nayeli, dime la verdad. Ese niño, el niño que vi en esa casa de lámina, Dante. El silencio en el callejón se volvió insoportable, roto solo por el ruido lejano del tráfico y la respiración entrecortada de ambos. Nayeli lo miró a los ojos con el pecho subiendo y bajando violentamente. “Sí, Héctor”, dijo ella con una claridad que cortaba como un visturí. “Es tuyo.
” Las palabras flotaron en el aire ardiente del callejón, pesadas y definitivas. Es tuyo. Héctor retrocedió un paso tan valeante. La confirmación, dicha de los propios labios de la mujer que amaba, fue un golpe devastador. Las rodillas le fallaron por una fracción de segundo. Llevó las manos a su cabeza, pasándose los dedos por el cabello oscuro, incapaz de procesar la magnitud de la tragedia que había creado su propia ambición. Un hijo. Tenía un hijo de 4 años.
Un hijo que vivía en una casa de ladrillo expuesto y techo de lámina, que respiraba medicamentos reciclados de la basura biológica mientras él dormía en una mansión de 40 millones de pesos. ¿Por qué no me lo dijiste?, preguntó Héctor con la voz quebrada al borde de la desesperación. ¿Por qué no me buscaste? Hubiera dejado a Fabiola. Hubiera cancelado la fusión. Habría dejado todo. sea. Todo si me hubieras dicho que estabas embarazada. Nayeli soltó una risa amarga. seca y carente de cualquier rastro de humor.
“Te lo quise decir”, respondió ella, clavando sus ojos en los de él con una intensidad aterradora. “¿Recuerdas el día que me dejaste, Héctor? El día que me citaste en ese café fino para decirme que nuestro romance no encajaba en los planes corporativos de tu familia. Fui a esa cita con la prueba de embarazo en el bolso. Iba a decírtelo, pero no me dejaste hablar. Me entregaste un cheque de liquidación emocional y me dijiste que me mantuviera alejada de ti.
El recuerdo golpeó a Héctor con la fuerza física de un látigo, la arrogancia de su juventud, la frialdad con la que la había tratado para demostrarle a su padre que podía ser un líder implacable. Se odió a sí mismo en ese segundo más de lo que jamás había odiado a nadie. Aún así, intenté buscarte semanas después”, continuó Nayeli, su voz temblando por la furia contenida. “Fui a tu oficina, fui a tu corporativo de cristal. El guardia no me dejó pasar y esa misma tarde me interceptaron.” Héctor levantó la vista de golpe, el terror volviendo a sus ojos.
“¿Quién te interceptó?” Nayeli se abrazó a sí misma como si el calor sofocante del callejón de repente se hubiera convertido en hielo. Su mirada se perdió en la pared de ladrillos, reviviendo la pesadilla que la había empujado al abismo. Una camioneta negra igual a la tuya, sin placas. Me cerraron el paso cuando salía de mi turno en el hospital San José. Dos hombres de traje se bajaron. Me subieron a la fuerza a la parte de atrás. Héctor dejó de respirar.
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