Allí estaba impreso en tinta negra. Nombre del recién nacido Dante Rojas. El apartado donde debía ir el nombre del padre estaba dolorosamente en blanco. Héctor cerró los ojos y la imagen de Dante tosiendo en la oscuridad en una casa con piso de tierra, usando un nebulizador improvisado con sobras de basura médica, lo golpeó con la fuerza de un tren de carga. su hijo, el heredero legítimo de todo ese imperio de cristal y acero en el que estaba sentado.
Su esposa lo sabía. Su esposa había financiado la miseria de la mujer que amaba para enterrar vivo a su propio hijo. Héctor abrió los ojos. La culpa paralizante que lo había dominado durante la madrugada había desaparecido por completo. En su lugar, un fuego oscuro, una rabia asesina y calculada se apoderó de cada célula de su cuerpo. Se puso de pie. Su postura cambió. Ya no era el hombre de negocios derrotado, era un depredador a punto de destrozar su propio imperio.
“Vargas”, dijo Héctor con una voz tan fría que congelaría el infierno. “Señor, cancela todas mis reuniones, congela mis cuentas bancarias personales compartidas con Fabiola, bloquea su acceso a las tarjetas de crédito y retira su nombre de las propiedades de inmediato. Señor, eso desatará una guerra legal con la familia Mendoza hoy mismo las acciones de la empresa van a desplomarse. Que se desplomen, sentenció Héctor, abotonándose el saco manchado de lodo con absoluta calma. Quiero a esa familia en la calle antes de la medianoche.
Voy a quemar esta empresa hasta los cimientos si es necesario. Héctor tomó las llaves de su camioneta del escritorio y caminó con paso firme hacia la puerta de salida. ¿A dónde va, señor?, preguntó Vargas. Héctor se detuvo en el marco de la puerta. Sus ojos brillaban con una determinación feroz y peligrosa. A buscar al gerente de un restaurante y luego a recuperar a mi familia. El rugido del motor B8 rebotó contra las paredes de cristal del distrito financiero.
Héctor Villalobos conducía como un hombre poseído. Atravesó las avenidas exclusivas de San Pedro Garza García, ignorando semáforos y límites de velocidad. Los neumáticos de la pesada camioneta blindada chirriaron violentamente al frenar de golpe frente a la entrada principal del restaurante. No esperó al ballet parking. Dejó el vehículo encendido, bloqueando la entrada de los autos de lujo y empujó las pesadas puertas de Caoba con una fuerza que hizo temblar los cristales. El interior del restaurante estaba en plena hora pico de la comida.
Ejecutivos, políticos y mujeres de la alta sociedad llenaban las mesas, pero Héctor no vio a ninguno de ellos. Su mirada escaneó el lugar como un depredador buscando a su presa y entonces lo escuchó. Venía del pasillo que conectaba el salón principal con las cocinas. Una voz aguda cargada de desprecio y prepotencia. “Te dije que las mesas de la terraza no se limpian con este trapo, estúpida”, gritaba el gerente, un hombre de traje gris ajustado y rostro enrojecido por la ira.
“Mírate nada más, das asco, apestas a calle. Los clientes se están quejando de tu aspecto. Héctor caminó hacia el pasillo a zancadas largas y pesadas. La sangre le hervía en las venas. Al doblar la esquina, la escena lo golpeó como un bloque de cemento. Nayeli estaba arrinconada contra la pared de acero inoxidable de la cocina. Llevaba el mismo uniforme desgastado, sosteniendo una bandeja pesada llena de platos sucios. mantenía la mirada clavada en el suelo, soportando el abuso en un silencio humillante, apretando los dientes para no llorar.
El gerente levantó la mano apuntando un dedo amenazador a centímetros del rostro de ella. Si vuelvo a ver que te guardas un solo pedazo de pan de las obras, te largas. Te largas y me encargaré de que no consigas trabajo ni lavando baños en esta ciudad. ¿Me escuchaste basura? La mano de Héctor se cerró alrededor del cuello del traje del gerente antes de que este pudiera tomar aire para seguir gritando. Con un movimiento brutal y despiadado, Héctor tiró del hombre hacia atrás, arrancándolo del espacio personal de Nayeli, y lo estrelló con una fuerza aterradora contra la puerta de metal de un refrigerador industrial.
Leave a Comment