La criada vio lo que el Señor hacía en el sótano y decidió sellarlo para siempre. Lo que hizo a continuación cambiará tu perspectiva sobre la justicia y la venganza. ¿Fue la acción de María un acto de justicia o simplemente la condena de un monstruo?

La criada vio lo que el Señor hacía en el sótano y decidió sellarlo para siempre. Lo que hizo a continuación cambiará tu perspectiva sobre la justicia y la venganza. ¿Fue la acción de María un acto de justicia o simplemente la condena de un monstruo?

María parpadeó confundida. Ella no había tocado esa puerta. Se acercó y vio los arañazos profundos en el marco, como si alguien hubiera intentado entrar o salir. Y entonces lo recordó. Lucas. El pobre chico había sido arrastrado a la casa antes. Quizás Arturo lo metió por ahí. O quizás quizás fue el propio Arturo quien en algún momento de locura o descuido días atrás había dañado la cerradura. O tal vez, y esta idea la hizo casi sonreír. Era pura casualidad.

Alarcón examinó las marcas con una lupa que sacó de su chaleco. Mm, no es reciente. La madera está oxidada en los cortes, pero podría ser una pista. Quizás entraron, lo esperaron y se lo llevaron. La teoría del secuestro comenzaba a tomar forma en la mente del policía. Era una narrativa que encajaba con su visión del mundo. Arturo era una víctima importante. Por lo tanto, su desaparición debía ser obra de una conspiración importante. Registren el jardín, el pozo, las caballerizas.

Si se lo llevaron a la fuerza, tuvo que haber resistencia. Los policías salieron al exterior, alejándose del peligroso interior de la casa. María soltó el aire que había estado conteniendo. Se habían alejado del sótano, pero el alivio fue efímero. Alarcón no salió. Se quedó en la cocina mirando alrededor con suspicacia, olfateando el aire. ¿Qué es ese olor?, preguntó arrugando la nariz. María sintió que el sudor frío le bajaba por la espalda, el olor a cemento. Todavía estaba allí débil, enmascarado por el café y el guiso que doña Carmen preparaba, pero perceptible para una nariz entrenada.

Huele a tierra mojada, a obra”, murmuró el inspector. Comenzó a caminar lentamente por el pasillo de servicio, sus botas haciendo eco en las losas de piedra. Se dirigía hacia el armario, hacia el muro. María se quedó paralizada junto al fogón, agarrando un trapo de cocina con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Al arcón se detuvo justo frente al inmenso armario de roble que María había arrastrado la noche anterior. Lo miró de arriba a abajo. Tocó la madera.

¿Este mueble siempre ha estado aquí? preguntó sin girarse. Doña Carmen, que estaba pelando patatas con los nervios a flor de piel, respondió sin pensar, “Sí, señor. Bueno, lo movimos un poco para limpiar detrás la semana pasada, creo. Siempre ha estado en el pasillo. La mentira involuntaria de la cocinera, nacida de la confusión y el miedo a ser regañada por el desorden, fue un regalo del cielo. Alarcón asintió, perdiendo interés en el mueble. Humedad, concluyó el inspector. Esta casa es vieja y la tormenta de anoche filtró agua por los cimientos, por eso huele así.

Se dio la vuelta dándole la espalda a la tumba de su amigo, separado de él por apenas un metro de madera y ladrillo. “Vámonos al despacho”, ordenó al arcona María. “Quiero ver sus papeles. Si tenía enemigos, estarán en su correspondencia.” María asintió y lo guió fuera de la cocina, alejándolo de la zona cero. Mientras subían las escaleras, María sintió una extraña sensación de poder mezclada con vértigo. Había pasado la primera prueba. El monstruo estaba oculto a plena vista.

Pero mientras cruzaban el vestíbulo, el perro de casa de Arturo, un pointer inglés llamado Sombra, comenzó a ladrar frenéticamente hacia la puerta de la cocina. El animal gemía, rascaba el suelo y olfateaba el aire con las orejas gachas. Los animales saben. Alarcón se detuvo un momento mirando al perro. “Echa de menos a su amo”, dijo con tristeza. María miró al perro y supo que ese animal era ahora su enemigo más peligroso. Sombra no olía la ausencia de Arturo, olía su miedo y olía la muerte que se filtraba invisible desde detrás del armario.

días que siguieron a la desaparición de don Arturo Valdemar no trajeron la calma del olvido, sino una tensión estática y espesa, similar a la atmósfera cargada que precede a una tormenta eléctrica que se niega a estallar. La mansión privada de su tirano no floreció en libertad. Por el contrario, pareció marchitarse, contrayéndose sobre sí misma como un órgano enfermo. Noviembre dio paso a un diciembre gélido y húmedo, y con el frío llegó el silencio, un silencio que no era paz, sino la ausencia de vida.

La policía, guiada por el inefable inspector Alarcón, había extendido su red de búsqueda hacia los bosques circundantes y el río, convencidos de que el médico había sido víctima de bandoleros o de un accidente de casa en sus terrenos. Cada día que los agentes pasaban dragando el río o interrogando a vagabundos en los caminos, era un día ganado para María, pero también un día más de tortura psicológica. Porque mientras el mundo buscaba a Arturo fuera, ella convivía con él dentro.

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