El médico se quedó atónito cuando la “nueva enfermera” empezó a dar órdenes a gritos como un comandante en el campo de batalla.
La sala de urgencias del Hospital General de Santa Lucía rugía como una tormenta contenida. Monitores pitando sin descanso, camillas entrando y saliendo, familiares llorando en los pasillos, médicos con las batas arrugadas corriendo de un cubículo a otro. Nada de eso era nuevo para el doctor Adrián Cárdenas. A sus cuarenta y ocho años, llevaba más de dos décadas viviendo dentro del caos y había aprendido a moverse en él con una calma que muchos confundían con frialdad. En realidad, no era frialdad. Era cansancio bien entrenado.
Aquella noche ya llevaba doce horas sin sentarse más de tres minutos seguidos. Tenía el cabello revuelto de tanto echarlo hacia atrás con la mano, la mandíbula apretada y esas ojeras oscuras que solo dejan los años de guardar la compostura mientras otros se derrumban. En el hospital todos lo respetaban. Algunos le tenían miedo. Otros lo admiraban en silencio. Se decía que nunca perdía el control.
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