El médico se quedó atónito cuando la “nueva enfermera” empezó a dar órdenes a gritos como un comandante en el campo de batalla.

El médico se quedó atónito cuando la “nueva enfermera” empezó a dar órdenes a gritos como un comandante en el campo de batalla.

Y sin embargo, esa noche estaba a punto de ver algo que lo obligaría a reconocer que todavía había cosas capaces de sorprenderlo.

La administración había contratado personal nuevo por la falta de enfermeros. Una de las recién llegadas era Elena Reyes. Había llegado al inicio del turno con el uniforme impecable, el cabello oscuro recogido en un chongo firme y una postura tan recta que parecía trazada con regla. No hablaba mucho. Observaba. Aprendía. Caminaba por los pasillos con una atención extraña, como si no solo estuviera memorizando puertas y nombres, sino ritmos, errores, tiempos de reacción, puntos ciegos.

La mayoría del personal apenas reparó en ella.

Otra enfermera nueva, pensaron. Otra mujer joven lanzada a una guerra que todavía no entendía.

A medianoche, las puertas automáticas se abrieron de golpe.

Entraron los paramédicos empujando una camilla a toda velocidad. El paciente era un hombre de unos treinta y tantos años, víctima de un choque brutal en la carretera. Llegó pálido, con respiración superficial, el pecho ensangrentado, la presión desplomándose en la pantalla. En segundos, el cubículo se llenó de gente. Un residente pidió sangre. Otra doctora gritó por cirugía. Una enfermera buscó una vía central. Alguien más pidió oxígeno. Dos voces se cruzaron. Tres órdenes diferentes sonaron al mismo tiempo.

La escena, en vez de organizarse, comenzó a romperse.

Adrián levantó la vista, listo para imponerse con una orden tajante, pero entonces una voz desconocida partió el ruido en dos.

—Rosa, dos unidades O negativo ahora. Javier, sube el oxígeno y mantén saturación arriba de noventa. Doctora Salas, necesito vía periférica gruesa del lado izquierdo. No me bloqueen el acceso al tórax. Muévanse.

No gritó. No hizo falta.

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