Don Pancho soltó un jadeo seco y giró el cuerpo con una rapidez que nadie imaginó posible en un hombre de su edad.
Metió el brazo por detrás.
Sostuvo a Canela antes de que resbalara del todo.
El camión pasó tan cerca que levantó polvo y papeles.
La vecina dejó de grabar.
—¡Cuidado! —gritó al fin.
Pero el grito llegó tarde.
Don Pancho quedó inclinado, temblando, con la espalda vencida por el peso y el susto.
Canela lloriqueó.
Un sonido pequeño.
Demasiado pequeño para tanto dolor.
Él la apretó contra sí como pudo, respirando con dificultad.
—Perdóname, mi niña… perdóname tantito… ya merito llegamos.
Y fue esa frase, dicha con la voz rota, la que por fin empezó a romper algo en la calle.
El bolero de la esquina se levantó primero.

Luego salió la mujer de la tienda.
Después un muchacho que minutos antes había fingido no ver nada cruzó la avenida con la cabeza baja.
Entre tres sostuvieron la estructura mientras Don Pancho apretaba otra vez el mecate con dedos torpes.
La vecina se acercó.
Esta vez no con el celular.
Con agua.
—Si quiere, le consigo un taxi —dijo, avergonzada.
Don Pancho levantó la mirada.
Tenía los ojos brillosos.
Pero no de orgullo.
De cansancio.
—Ya pregunté, hija. No nos quieren subir por la perrita.
El muchacho tragó saliva.
—Yo tengo una camioneta… pero está del otro lado del mercado.
La tendera lo fulminó con la mirada.
—¿Y por qué no lo dijiste antes?
El muchacho no respondió.
Porque no había respuesta.
Porque todos habían visto.
Y todos, de una forma u otra, habían decidido que no era su problema.
Canela volvió a quejarse.
Eso terminó de apurar al grupo.
—No lo muevan tanto —dijo la vecina—. Mejor acompáñenlo despacio.
Y así siguieron.
Como una pequeña procesión de vergüenza.
Don Pancho al centro.
Con la perrita en la espalda.
La vecina a un lado sosteniendo la tabla.
La tendera abriendo paso.
Y el muchacho corriendo adelante para detener motos, bicicletas y curiosos.
La escena empezó a llamar la atención.
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