El nieto hablaba inglés para engañar a su abuela, sin saber que el loro podía hablar siete idiomas…
El polvo se levantó en el camino como si la tierra misma quisiera advertirle algo.
Doña Mercedes alzó la vista desde el lavadero, con las manos todavía húmedas y el delantal pegado al cuerpo por el calor. Reconoció la camioneta antes de ver el rostro del conductor. Hacía dos años que no la veía entrar al rancho. Dos años desde que su nieto Diego se había marchado jurando que volvería pronto, que solo necesitaba “acomodarse tantito” en la ciudad.
Ahora regresaba.
Y algo en la manera en que frenó frente a la casa le enfrió la sangre.
Mercedes bajó los escalones del portal con una rapidez impropia de sus setenta y tres años. Diego se apeó con una sonrisa grande, demasiado grande. La abrazó con fuerza, pero ella sintió enseguida la rigidez de su cuerpo. No era el abrazo de un hombre que vuelve a casa. Era el abrazo de alguien cumpliendo un papel.
—Abuela, te extrañé muchísimo —dijo él.
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