A los 70 años me quedé en la calle por el hombre con quien compartí 38 años de mi vida. Me rió en la cara y dijo que yo ya no servía para nada. Estaba sola, sin dinero y sin a dónde ir. Cuando un abogado tocó mi puerta con una noticia que me volteó la vida de cabeza.
Mi primer esposo, a quien había llorado como muerto por décadas, me había dejado una fortuna de 50 millones de pesos. Pero había una condición. Y detrás de esa condición había una verdad que jamás podría haber imaginado. Mi nombre es Rosario. Rosario Vega de Soltera y Barra y antes de eso Rosario Fuentes.
El apellido de mi primer esposo Eduardo que yo cargaba en el corazón mucho tiempo después de haber dejado de cargarlo en el nombre. Tengo 70 años y hasta el mes de abril del año pasado todavía creía que la vida me había dado lo que merecía, un hogar, una familia, una historia que tenía sentido. Fue un lunes por la mañana cuando Gerardo puso los papeles sobre la mesa de la cocina. No había drama en la escena y quizás eso era lo que más dolía.
Él estaba de pie tomando café como si estuviera a punto de comentar sobre el clima de afuera. Los papeles eran documentos de divorcio ya firmados por él, ya preparados por un abogado que yo nunca había visto. Gerardo había planeado aquello por meses mientras yo le lavaba la ropa, le cocinaba, cuidaba la casa que ahora descubriría. Estaba registrada únicamente a nombre de él. 38 años. Ese era el tiempo que yo había invertido en ese matrimonio. No estoy diciendo que fue un matrimonio perfecto ni de lejos.
Gerardo siempre tuvo una manera de hacerme sentir pequeña, una manera de usar las palabras como herramientas para encogerte, pero yo era de la generación que aprende a aguantar, que aprende a doblar las esquinas ásperas de la vida y seguir adelante sin quejarse mucho. Tenía a mi hija Camila, tenía mi rutina, tenía la ilusión de que eso era seguridad. La seguridad se fue junto con Gerardo aquella mañana. El proceso de divorcio duró 7 meses. Salí de él con una cantidad pequeña, lo suficiente para quizás cuatro o cco meses de renta en un cuarto sencillo y con mi ropa dentro de dos maletas.
La casa se quedó con él, el carro se quedó con él, hasta el sillón de madera donde yo había amamantado a Camila se quedó con él porque era parte del mobiliario de la casa y la casa era de él en el papel. Camila intentó ayudarme. Ella tenía sus propios problemas. Dos hijos pequeños, un esposo con trabajo inestable, un departamento demasiado pequeño para una persona más. Yo no quise ser una carga. Esa es la parte que la gente de afuera no entiende sobre las mujeres de mi generación.
La vergüenza de necesitar, la vergüenza de haber llegado a los 70 años y no tener a dónde ir. Terminé en una pensión en el centro de Guadalajara. El cuarto olía a humedad y el ventilador ruidoso en la pared nunca llegaba a refrescar nada de verdad. El baño era compartido con otros cuatro cuartos. Me despertaba todos los días a las 5 de la mañana, no porque lo necesitara, sino porque el sueño simplemente no se quedaba. Fue durante una visita de Camila a la pensión que ella me contó con un poco de pena lo que había escuchado por terceros.
Gerardo estaba con otra mujer, alguien mucho más joven, una clienta de su despacho. Y cuando el nombre de Rosario fue mencionado en una reunión social entre conocidos en común, Gerardo había reído, de verdad reído y dicho que yo era demasiado vieja para ser problema de alguien, que a estas alturas nadie me necesitaba. Me quedé sentada en la orilla de la cama de la pensión después de que Camila se fue y sostuve esas palabras dentro del pecho por un tiempo largo.
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