Diego tomó la hoja de mis manos.
La leyó una vez.
Luego otra.
—Valeria… aquí dice que autorizaste el procedimiento.
—Yo nunca firmé eso.
Mi hermano levantó la vista.
Durante años, Sebastián había repetido que el problema estaba en mi cuerpo.
Me acompañaba a consultas, fingía preocupación y después me abrazaba mientras yo lloraba por cada tratamiento fallido.
Pero los documentos de aquella caja fuerte contaban otra historia.
Había informes médicos que jamás había visto, correos impresos y pagos realizados desde una empresa fantasma.
En uno de los reportes aparecía el nombre del médico que me había atendido cuatro años atrás.
Doctor Arturo Salcedo.
Y debajo, una anotación:
“Solicitud del cónyuge. Mantener información fuera del expediente entregado a la paciente.”
Sentí que las piernas me fallaban.
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