—Él sabía —murmuré.
Diego apretó los puños.
—¿Sabía qué?
Seguí leyendo.
Entonces encontré la respuesta.
Años atrás todavía existía una posibilidad real de preservar mi fertilidad mediante un tratamiento que nunca me ofrecieron. Sebastián había intervenido para que yo creyera que no había alternativas.
¿Por qué?
La respuesta estaba en otro documento.
Un borrador del fideicomiso de mi padre.
Para conservar determinadas acciones familiares, Sebastián necesitaba permanecer casado conmigo y evitar que aparecieran nuevos beneficiarios que pudieran modificar la estructura patrimonial.
No había evitado que tuviéramos hijos por miedo.
Lo había hecho por dinero.
Me senté lentamente.
La infidelidad dejó de importarme durante unos segundos.
—Ese hombre decidió sobre mi cuerpo para proteger unas acciones.
Diego sacó su teléfono.
—Llamamos a la policía.
—Primero al abogado.
Lo miré.
—Esta vez no quiero que Sebastián pueda decir que actuamos por rabia.
Fotografiamos cada documento sin alterar su orden y contactamos a mi abogado, Ernesto Molina.
Llegó poco después acompañado por una especialista en delitos patrimoniales.
Cuando terminó de revisar el contenido, su expresión era seria.
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