—¿Dónde estabas?
—En el baño.
Me besó.
Intenté encontrar algo extraño en su rostro.
No pude.
Bailamos.
Cortamos el pastel.
Nos tomaron fotografías.
Por fuera yo seguía siendo una novia feliz.
Por dentro repetía las palabras de Carmen.
“Apartamento.”
“Un año.”
“Javier sabe.”
Esa noche, ya en el hotel, Javier notó que estaba distante.
—¿Te pasa algo?
—Estoy cansada.
—¿Segura?
—Ha sido un día largo.
No dormí casi nada.
A la mañana siguiente comenzamos nuestra luna de miel.
Habíamos planeado viajar durante diez días.
Decidí esperar.
No quería arruinarlo todo por una frase que quizá tuviera otra explicación.
Pero tres días después ocurrió algo.
Estábamos desayunando cuando Javier comenzóó a hablar de nuestras finanzas.
—Ahora que estamos casados deberíamos organizar algunas cosas.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué cosas?
—Cuentas conjuntas. Seguros. Propiedades.
Lo miré.
—¿Propiedades?
—Nada especial.
Bebió café.
—Quizá sería más práctico poner el apartamento dentro de una estructura familiar.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
—Podríamos crear una sociedad.
—¿Para qué?
—Protección patrimonial. Inversiones futuras.
—¿De quién fue la idea?
Javier tardó demasiado en responder.
—Lo había pensado.
—¿Tú?
—Sí.
Mentía.
Lo conocía.
—¿Y tu mamá?
Su expresión cambió.
—¿Qué tiene que ver ella?
—Te estoy preguntando.
—Verónica, no quiero hablar de mi madre durante nuestra luna de miel.
Sonreí.
—Perfecto.
No volví a mencionar el tema.
Pero en cuanto regresamos llamé a alguien.
Mi prima Lucía era abogada.
Le pedí una reunión.
—Necesito revisar algo antes de hacer cualquier cambio con mi apartamento.
—¿Javier te está pidiendo que cambies el título?
—Todavía no.
Le conté lo ocurrido.
Lucía dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—No firmes absolutamente nada que no hayamos revisado.
—¿Crees que estoy exagerando?
—No lo sé. Pero cuando alguien te anuncia de antemano que piensa quedarse con una propiedad tuya, yo prefiero tomarlo en serio.
Eso hice.
Durante los siguientes meses observé.
Javier no se volvió agresivo.
No empezó a exigirme nada.
Eso habría sido demasiado evidente.
Lo hizo lentamente.
Primero habló de remodelar.
—Si invertimos juntos, tendría sentido que ambos tuviéramos participación.
Después habló de utilizar el apartamento como garantía para comprar otra propiedad.
—Tenemos un activo dormido.
Luego Carmen comenzó a aparecer con ideas.
—Conozco un proyecto excelente.
—Javier podría administrar el alquiler.
—Ustedes necesitan pensar como matrimonio, no como dos personas separadas.
Una noche respondí:
—Estar casada no significa que todo tenga que mezclarse.
Carmen sonrió.
—Eso lo dices ahora.
La frase me molestó.
Pero todavía no tenía pruebas de nada.
Hasta que seis meses después encontré un correo electrónico.
No estaba espiando.
Javier había utilizado mi computadora porque la suya se estaba actualizando.
Dejó su correo abierto.
Fui a cerrar la ventana.
Entonces vi un asunto:
“Proyecto apartamento Verónica.”
El remitente era Carmen.
No abrí inmediatamente.
Me quedé mirando la pantalla.
Parte de mí decía:
“No invadas su privacidad.”
Otra parte recordaba:
“En un año será mío.”
Abrí.
El correo tenía casi ocho meses.
Anterior a nuestra boda.
Carmen había escrito:
“Después del matrimonio será más sencillo convencerla. No menciones venta todavía. Primero háblale de una sociedad patrimonial. Una vez que el apartamento forme parte de la empresa podremos usarlo para respaldar la financiación.”
Tuve que leerlo tres veces.
Debajo estaba la respuesta de Javier:
“No quiero que Verónica piense que me estoy casando por eso.”
Carmen contestó:
“Entonces no hagas que lo piense.”
Sentí que me faltaba el aire.
Seguí leyendo.
Había una deuda.
Una deuda enorme.
Carmen poseía un edificio pequeño con varios locales comerciales.
Yo sabía de él.
Lo que nunca me habían contado era que estaba hipotecado y cerca de enfrentar serios problemas financieros.
Necesitaban refinanciar.
El banco exigía mejores garantías.
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