Mientras esperábamos, mi madre sostenía mi mano. Intentaba bromear, pero sus dedos estaban fríos.
—Cuando salgamos de aquí, quiero una sopa —dijo—. No he comido bien en días.
Le prometí que se la prepararía. En ese momento no sabía que aquella sería la última conversación tranquila que tendríamos durante mucho tiempo.
El técnico comenzó el ultrasonido. Aplicó gel sobre el abdomen de mi madre y movió lentamente el transductor. Al principio observaba la pantalla con normalidad, pero después dejó de hablar. Regresó varias veces a la misma zona, tomó medidas y cambió la posición del aparato.
Mi madre me miró.
—¿Qué está viendo?
El técnico respondió que el médico debía revisar las imágenes. Salió de la habitación y regresó acompañado por un especialista de cabello gris. El doctor observó la pantalla en silencio. Luego acercó el rostro, cambió algunos ajustes y pidió que mi madre se girara ligeramente.
Fue entonces cuando lo escuché susurrar:
—Dios mío, nunca he visto algo así en toda mi carrera.
Tal vez no pretendía que lo oyéramos, pero aquellas palabras hicieron que el tiempo pareciera detenerse. Mi madre apretó mi mano con tanta fuerza que me clavó las uñas.
—Doctor, dígame qué tengo —pidió.
El especialista respiró profundamente. Explicó que el ultrasonido mostraba una masa de tamaño considerable ocupando gran parte del abdomen y la pelvis. No podía confirmar todavía su origen ni determinar si era maligna, pero parecía estar relacionada con uno de los ovarios.
La masa era tan grande que estaba desplazando el intestino, presionando la vejiga y empujando otros órganos. Aquello explicaba la sensación de llenura, el estreñimiento, la dificultad para respirar y el crecimiento del abdomen.
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