Mi mamá de 66 años solo pensaba que tenía un problema de estómago, pero después del ultrasonido el doctor susurró: “Dios mío, nunca he visto algo así en toda mi carrera”

Mi mamá de 66 años solo pensaba que tenía un problema de estómago, pero después del ultrasonido el doctor susurró: “Dios mío, nunca he visto algo así en toda mi carrera”

Necesitaban realizar una tomografía y más pruebas inmediatamente.

Mi madre permaneció inmóvil. Durante unos segundos pareció no comprender lo que le habían dicho.

—Pero yo pensaba que eran gases —murmuró.

Nadie respondió.

La tomografía confirmó la presencia de un tumor enorme. Medía más de treinta centímetros y contenía áreas sólidas y líquidas. Los médicos sospechaban que podía tratarse de un cáncer de ovario avanzado, aunque el diagnóstico definitivo solo podría establecerse mediante una cirugía y el análisis del tejido.

Cuando escuchamos la palabra “cáncer”, mi hermana comenzó a llorar. Yo sentí que el piso desaparecía bajo mis pies. Mi madre, en cambio, permaneció callada. Miraba fijamente una pequeña ventana del hospital, como si su mente estuviera muy lejos de aquella habitación.

Finalmente dijo:

—¿Voy a morir?

El médico se sentó frente a ella. No le prometió algo que no podía garantizar. Le explicó que su situación era delicada, pero que todavía necesitaban conocer la extensión de la enfermedad. La masa tenía que ser retirada porque estaba comprimiendo sus órganos y podía provocar complicaciones graves.

Teresa aceptó la operación.

Durante los días previos a la cirugía, nuestra familia se turnó para acompañarla. Mis hermanos viajaron desde otras ciudades. Los nietos fueron a visitarla y llevaron dibujos, fotografías y cartas. Mi madre intentaba mantenerse fuerte frente a ellos, pero por las noches me confesaba sus temores.

—No tengo miedo de irme —me dijo una madrugada—. Tengo miedo de no haberles dicho suficiente cuánto los amo.

Le respondí que nos lo había demostrado todos los días de nuestra vida. Estaba en cada plato de comida que preparó, en cada uniforme escolar que lavó de madrugada, en las veces que renunció a comprar algo para ella con tal de que nosotros tuviéramos lo necesario.

La mañana de la cirugía, mi madre pidió peinarse y ponerse un poco de perfume. Dijo que no quería entrar al quirófano luciendo derrotada. Antes de que se la llevaran, nos abrazó uno por uno.

—Cuando despierte, quiero verlos sonriendo —ordenó.

La operación duró casi ocho horas.

Cada vez que se abría la puerta de la sala de espera, todos nos poníamos de pie. El tiempo parecía no avanzar. Pensaba en todas las ocasiones en las que mi madre había dicho que su malestar era “solo el estómago”. Me preguntaba qué habría sucedido si hubiéramos insistido antes, si ella hubiera acudido al médico cuando comenzaron los síntomas o si alguien hubiera relacionado aquellas molestias con algo más grave.

Finalmente apareció el cirujano.

Nos explicó que habían logrado retirar la masa, uno de los ovarios, el útero y varios tejidos que parecían afectados. El tumor pesaba varios kilos. Había sido una operación difícil porque la masa estaba adherida a estructuras cercanas, pero mi madre había resistido.

Todavía debíamos esperar el resultado de la biopsia.

Teresa pasó dos días en cuidados intensivos. Cuando por fin pudo abrir los ojos, lo primero que preguntó fue:

—¿Ya sacaron esa cosa de mi barriga?

Le dijimos que sí.

Sonrió débilmente.

—Entonces tráiganme la sopa que me prometieron.

Aquella pequeña broma nos devolvió la esperanza.

Una semana después llegaron los resultados. El diagnóstico confirmó nuestros temores: cáncer epitelial de ovario en una etapa avanzada. Existían células malignas en tejidos cercanos, por lo que necesitaría quimioterapia después de recuperarse de la cirugía.

El oncólogo nos explicó el tratamiento, los posibles efectos secundarios y la importancia de comenzar cuanto antes. Mi madre escuchó todo sin interrumpir. Cuando el médico terminó, hizo una sola pregunta:

—¿Todavía tengo una oportunidad de ver crecer a mis nietos?

—Tiene una enfermedad seria —respondió él—, pero sí, tenemos opciones de tratamiento y vamos a luchar con usted.

A partir de ese momento comenzó una etapa difícil. La quimioterapia le provocó cansancio, náuseas y pérdida del cabello. Hubo días en los que no quería levantarse de la cama. A veces lloraba al mirarse en el espejo, no por vanidad, sino porque no reconocía a la mujer que observaba.

Nosotros intentábamos recordarle quién seguía siendo.

Le llevábamos fotografías antiguas, música que le gustaba y comida cuando podía tolerarla. Sus nietos decoraron pañuelos para cubrirle la cabeza. Uno de ellos escribió: “Abuela, todavía eres la más bonita”.

Mi madre guardó ese pañuelo durante todo el tratamiento.

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