No hizo nada extraordinario.
Simplemente dejó caer el cuerpo junto a la tumba como si, después de noventa y tres días, por fin hubiera encontrado la respuesta.
Me senté a su lado.
Entonces miré hacia mi izquierda.
La tumba de Manuel estaba siete lugares más allá.
Sentí algo difícil de explicar.
Dos hombres que nunca se habían conocido estaban enterrados en la misma fila.
Entre ellos estábamos una viuda y un perro.
Los dos habíamos seguido regresando porque nuestros hogares conservaban demasiadas cosas de alguien que ya no estaba.
Después de un rato me levanté.
Bruno no se movió.
Caminé hacia la tumba de Manuel y dejé una flor.
La segunda la llevé hasta Julián.
—Vamos —le dije a Bruno.
Nada.
Saqué de mi bolsa una pequeña manta de lana que había pertenecido a Manuel.
—Ven conmigo.
Bruno levantó la cabeza.
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