—Podemos regresar los miércoles.
Miró la tumba.
Después me miró a mí.
Se levantó.
Y por primera vez desde septiembre cruzó la puerta del panteón hacia afuera sin volver la cabeza.
Antes de llevarlo a mi departamento, una clínica veterinaria lo revisó.
Pesaba mucho menos de lo que debía.
Tenía las patas lastimadas, anemia ligera, parásitos y una lesión antigua en la cadera izquierda.
Nada era irreversible.
Necesitaba comida adecuada, medicación básica y descanso.
Durante toda la revisión, Bruno miraba hacia la puerta.
Cuando entré en la habitación, relajó los hombros.
Aquello me conmovió y me asustó al mismo tiempo.
Ya estaba esperando que yo regresara.
La voluntaria que me ayudó con los trámites se llamaba Laura.
—Primero puede quedarse con usted de manera temporal —me explicó—. Vemos cómo se adaptan los dos.
Me pareció sensato.
Yo nunca había tenido perro.
Vivía en un departamento pequeño.
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