Colgó.
Yo sentí que el piso se movía debajo de mis pies.
—Todavía estás a tiempo —susurré.
Aarón tomó una bolsita pequeña de tela de su cajón y la guardó en el bolsillo oculto del vestido.
—No, mamá. Ya no.
Cuando llegamos al auditorio, las miradas nos golpearon desde la entrada.
Alumnos con birrete voltearon. Una señora dejó de abanicar su programa. Dos muchachas cuchichearon y luego soltaron una risa nerviosa. Un papá levantó el celular fingiendo revisar mensajes, pero apuntaba directo a Aarón.
Yo quise ponerme delante de mi hijo. Taparlo. Sacarlo de ahí.
Pero él me tomó la mano antes de formarse con su generación.
—Pase lo que pase, quédate donde pueda verte.
Me senté en la tercera fila.
Nombre tras nombre fue anunciado. Las familias aplaudían, gritaban, lloraban. Yo apretaba el programa hasta doblarlo.
Cuando la directora dijo:
—Aarón Mendoza Rivera.
El murmullo creció como agua hirviendo.
Aarón subió al escenario con el vestido rojo moviéndose suavemente a cada paso.
Alguien detrás de mí murmuró:
—¿Qué le pasa a ese muchacho?
Luego llegaron las risitas.
Un estudiante sacó el celular y empezó a grabar.
Aarón no se detuvo. Recibió su diploma. Le dio la mano a la directora. Después, en lugar de bajar por el lado de los fotógrafos, caminó hacia el pasillo central.
Venía directo hacia mí.
La gente empezó a hablar más fuerte.
—No puede ser…
—¿Está haciendo drama?
—Qué pena por su mamá.
Aarón se detuvo frente a mi asiento.
Por primera vez, su cara se quebró.
—Esto es para ti —dijo, casi sin voz—. De parte de los dos.
Metió la mano en el bolsillo del vestido rojo.
Y cuando sacó aquello envuelto en papel de china, sentí que el corazón se me helaba antes de saber por qué.
Parte 2: Aarón desdobló el papel con tanto cuidado que el auditorio pareció borrarse alrededor de nosotros.
Adentro había una margarita amarilla, seca y aplastada, con un pétalo faltante.
Yo dejé de respirar.
Conocía esa flor.
La había visto una tarde de febrero, cuando Mariana todavía podía caminar unas cuadras sin cansarse. Ese día había salido del hospital después de una revisión. Los doctores le habían ajustado el tratamiento y ella fingía que no tenía miedo.
—Quiero comprar mi vestido de graduación —me dijo en el estacionamiento.
—Mariana, faltan meses.
—Por eso. No quiero que me lo elijan cuando ya esté toda ojerosa y parezca fantasma de telenovela barata.
Aarón, que venía cargando su mochila, soltó una risa.
—Ya pareces.
Leave a Comment