Mariana le dio un manotazo en el brazo.
—Cállate, escuincle. Tú ni combinando calcetines puedes opinar.
Fuimos a una tienda en Plaza Antea. Mariana rechazó 5 vestidos. Uno era “demasiado quinceañera”. Otro “demasiado señora de bautizo”. Otro “demasiado funeral con lentejuelas”.
Hasta que salió del probador con el vestido rojo.
No sonrió de inmediato.
Primero se miró al espejo. Se tocó la cintura, se acomodó el cabello, levantó la barbilla. Después apareció su verdadera sonrisa, esa que desde su enfermedad nos daba cada vez menos.
—Este —dijo.
Aarón fingió horror.
—Pareces alarma de incendio.
—Y tú pareces recibo arrugado —le contestó ella.
Yo lo compré sin mirar dos veces el precio.
Al volver al hospital, Mariana me pidió detenerme junto al jardincito de la entrada. Había margaritas amarillas creciendo cerca de una banca.
Cortó una.
—No deberías —le dije.
Ella se la puso detrás de la oreja.
—Que venga la policía floral.
Después la metió entre las páginas de un libro que llevaba siempre en la mochila.
Yo lo olvidé.
Hasta ese instante.
En la tercera fila del auditorio, con cientos de ojos sobre nosotros, miré a Aarón.
—¿De dónde sacaste esto?
Él tragó saliva.
—Mariana me la dio.
—¿Cuándo?
Sacó otro papel doblado.
—Tres días antes de morir.
Sentí que la sangre se me iba de la cara.
—¿Por qué nunca me dijiste?
Aarón bajó la voz.
—Porque me hizo prometerlo.
La risa alrededor se fue apagando. Los celulares seguían levantados, pero ya no parecían armas de burla sino ojos culpables que no sabían dónde ponerse.
Aarón me entregó la carta.
El papel tenía la letra de Mariana, inclinada, grande, impaciente, como si hasta escribiendo quisiera llegar primero.
Arriba decía:
“Mamá”.
No pude seguir.
Las letras se me hicieron agua.
—Léela tú —le pedí.
Aarón se hincó junto a mi silla. Apoyó una mano sobre la mía y empezó.
Mariana escribió que sabía que probablemente no llegaría a la graduación. Que le daba coraje aceptarlo. Que odiaba imaginar a Aarón cruzando el escenario solo, con una silla vacía donde ella debería estar molestándolo.
Decía que el vestido rojo no podía quedarse encerrado en el clóset como una cosa prohibida.
“Si yo no puedo usarlo, quiero que alguien lo lleve por mí. Quiero que mi mamá vea que sus dos hijos llegaron. Aunque uno tenga que caminar cargando al otro.”
Ahí me rompí.
Me tapé la boca, pero el llanto salió igual, áspero, animal, imposible de esconder.
Aarón me abrazó.
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