PARTE 2
La oficina junto al muelle olía a madera húmeda, cuero viejo y café guardado.
Encendí la lámpara del escritorio de mi esposo. La luz cayó sobre su pluma fuente, su cenicero vacío y una fotografía nuestra tomada treinta años atrás, cuando apenas habíamos comprado los primeros terrenos frente al lago. En esa foto yo tenía las manos llenas de tierra y él una sonrisa orgullosa. Ninguno imaginaba que algún día tendría que defender nuestra casa de nuestro propio hijo.
No lloré.
Ya había llorado suficiente en silencio durante meses.
Abrí la caja fuerte, saqué dos carpetas negras y puse mi celular sobre el escritorio. Primero llamé a la licenciada Valeria Salcedo, la abogada que llevaba nuestros asuntos familiares desde antes de que Daniel se casara.
—Licenciada —dije—. Active la cláusula de ocupación temporal.
Hubo un silencio breve.
—¿Esta noche, doña Teresa?
—Esta noche.
—Voy para allá.
La segunda llamada fue para Ernesto, jefe de seguridad del fraccionamiento.
—Cierre el acceso norte a las nueve en punto. Que nadie saque camionetas, lanchas ni equipo hasta que llegue la autoridad.
—¿Problemas en la casa grande?
—Problemas que por fin van a tener nombre.
La tercera llamada fue para Rogelio Mena, inspector municipal de Protección Civil y Comercio. Él ya me había advertido semanas antes que había anuncios circulando en redes sobre “Hacienda Lago Esmeralda Eventos Privados”.
Mi propiedad.
Mi apellido.
Mi historia convertida en negocio sin mi permiso.
—Licenciado Rogelio —le dije—. Hoy están operando otra vez. Hay barra contratada, escenario temporal, drones, estacionamiento sobre el paso de emergencia y venta de accesos.
—¿Tiene pruebas?
Miré la pantalla de seguridad.
—Más de las que imagina.
Abrí la aplicación de cámaras. La casa tenía sistema de vigilancia desde que unos ladrones intentaron entrar por el embarcadero años atrás. Fernanda lo sabía, pero pensaba que las cámaras solo grababan puertas y pasillos. No sabía que también había audio en la zona del granero y en la oficina exterior.
Revisé la carpeta del mes anterior.
Ahí estaban.
Daniel y Fernanda, reunidos con un desarrollador de Monterrey cerca de la bodega de herramientas. Él desplegaba planos sobre el cofre de una camioneta. Ella señalaba la franja oeste del terreno, justo donde mi esposo había sembrado ahuehuetes para proteger la orilla.
La voz de Fernanda sonó clara en la grabación:
—En cuanto la vieja firme el traspaso de administración, vendemos esta parte. Ahí caben seis villas de lujo.
Daniel respondió:
—Mi mamá firma lo que le ponga enfrente. Confía en mí.
Me quedé inmóvil.
No porque me sorprendiera la ambición de Fernanda. De ella ya esperaba cualquier cosa.
Lo que me partió fue la voz de Daniel.
No dudó.
No tembló.
No dijo “es mi madre”.
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