Solo calculó.
A las ocho y veinte, una muchacha joven bajó por el sendero desde la terraza. Era asistente de Fernanda. Venía nerviosa, apretando una charola vacía contra el pecho.
—Doña Teresa, la señora Fernanda dice que suba a rellenar las hieleras.
—Dile que estoy revisando documentos de propiedad.
La muchacha parpadeó.
—¿De propiedad?
—Sí. Los que debió revisar antes de llamarme servidumbre.
No tuvo tiempo de responder. Faros blancos iluminaron las ventanas de la oficina.
Llegó primero la licenciada Valeria, impecable, con traje oscuro y dos carpetas bajo el brazo. Detrás venía Ernesto con el archivo de incidentes. Luego apareció la camioneta oficial de Rogelio Mena. Finalmente, una patrulla municipal se estacionó junto a los cipreses.
Cuando caminamos de regreso hacia la casa grande, Fernanda estaba en el centro del jardín con un micrófono inalámbrico en la mano. El dron de la empresa de video flotaba sobre la terraza. Las copas brillaban. Los invitados grababan con sus celulares.
—Brindemos por los nuevos comienzos —decía Fernanda, levantando una copa—. Daniel y yo vamos a transformar esta propiedad abandonada en el lugar más exclusivo de Valle de Bravo.
La gente aplaudió.
Daniel me vio subir por el césped y frunció el ceño.
—Mamá, ¿dónde está el hielo?
La licenciada Valeria se colocó a mi lado.
Fernanda dejó de sonreír al ver las carpetas.
Rogelio caminó directo a la barra y empezó a fotografiar botellas, cables sobrecargados, extintores vencidos y autos bloqueando la entrada de emergencia.
—¿Qué significa esto? —exigió Fernanda.
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