Nicolás subió los escalones.
Y Álvaro, como anfitrión, no tuvo más remedio que acercarse.
—Nicolás —dijo, con la voz más aguda de lo normal—. Viniste.
—Álvaro —respondió Nicolás, extendiendo la mano—. Gracias por invitarme.
El apretón fue breve.
La palma de Álvaro estaba sudada.
La de Nicolás, firme.
—Vaya entrada —dijo Álvaro, intentando reír—. ¿Lo alquilaste para impresionar?
Nicolás sonrió apenas.
—Algo así.
No explicó más.
Y ese silencio fue peor que cualquier respuesta.
Clara se acercó con los ojos abiertos.
—Hola, soy Clara. Encantada. Ha sido una entrada impresionante.
—Un placer, Clara —dijo Nicolás—. Felicidades por el compromiso.
—Gracias. Pero en serio, ¿cómo se llega tan tranquilo en helicóptero?
—Evita mucho tráfico.
Lo dijo como quien habla de coger un taxi.
Alrededor, la gente empezó a acercarse.
Daniela Soto fue la primera en abrazarlo.
—Nico, no puedo creerlo.
—Daniela. Qué gusto verte.
El señor Martín, ya jubilado, caminó hacia él con los ojos brillantes.
—Nicolás Reyes.
Nicolás dejó la copa de agua que acababa de tomar y fue directo hacia él.
—Profesor Martín.
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