Cada mañana, apenas abría la carnicería del barrio, una anciana llamada Lidia entraba con prisa y pedía lo mismo: sesenta kilos de carne. Ovidiu, el carnicero, la había conocido durante años como una mujer humilde que apenas compraba pequeñas porciones para su mesa. Vea ahora tener billetes arrugados con manos temblorosas y cargar bolsas pesadas que la dejaron perpleja. Accesorios asados
La primera vez, Lidia explicó que su hijo había venido a visitar y que estaba preparando una gran comida familiar. Ovidiu asintió, pero esa misma tarde se enteró de algo que congeló su sangre: el hijo de Lydia había muerto hace años. ¿Para quién era toda esa carne?
Un comportamiento cada vez más extraño
Al día siguiente, la anciana regresó y volvió a pedir sesenta kilos. Y el otro. Y el otro. Evitó conversaciones, rechazó cualquier ayuda y miró por encima del hombro antes de salir de la tienda, como si temiera que lo siguieran. Ovidiu decidió averiguar lo que estaba pasando y una mañana la siguió a distancia.
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