Solo no sentirse estorbo en su propia casa.
Después de mediodía, Armando subió a descansar. Le dolían las rodillas y el pecho le pesaba de una tristeza conocida. Se quedó dormido con la foto de Rosario en la mesita de noche.
Cuando despertó, ya estaba oscuro.
Oyó música.
Risas.
Botellas chocando.
Bajó despacio, apoyándose en el barandal que Rosario había barnizado con sus propias manos. Al llegar al comedor, se quedó quieto.
Había más de 20 personas.
Primos de Brenda.
Amigos de Julián.
Vecinos metiches.
Gente que Armando apenas conocía.
Todos comían su mole, su arroz, sus tortillas, su pastel.
Nadie lo había llamado.
En la cabecera estaba Julián.
En su silla.
Y Brenda ocupaba la silla donde Rosario se sentaba siempre, con las piernas cruzadas como si la casa le perteneciera desde antes de nacer.
Armando intentó sonreír.
—¿Ya empezaron sin mí?
El silencio duró menos de 1 segundo.
Julián soltó una carcajada.
—Ay, papá, ni cuenta nos dimos que seguías arriba. Últimamente pareces fantasma, neta.
Algunos rieron.
Otros bajaron la mirada.
Armando tragó saliva.
Entonces Julián se levantó, fue a la cocina y regresó con un plato metálico viejo.
Era el plato de Capitán, el perro que Rosario había rescatado años atrás y que ya llevaba 5 años enterrado bajo la bugambilia.
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