PARTE 2
Beatriz intentó reírse, pero le salió un sonido seco y falso.
“Está caliente. La niña se puede quemar.”
Rodrigo tocó la taza con los dedos.
“No está caliente.”
El silencio cayó sobre la mesa como una piedra. Camila se escondió detrás de mi silla, apretando mi blusa con sus manitas. Yo quería levantarme, tomar a mi hija y salir corriendo, pero sabía que si Beatriz sospechaba cuánto tenía yo guardado, podía destruir las pruebas o hacer algo peor.
Así que respiré hondo.
“No hagamos drama”, dije, fingiendo cansancio. “Camila, ve por tu mochila. Se nos hace tarde.”
Dejé la taza intacta. Beatriz no dejó de mirarme.
En el coche, Camila se soltó a llorar.
“¿La abuela te quiere matar?”
Me dolió tanto escuchar eso que tuve que detenerme frente a una tienda Oxxo para poder contestar.
“Yo voy a cuidarnos, mi amor. Pero desde hoy no comes ni tomas nada que venga de tu abuela si yo no estoy contigo.”
Ella asintió.
Después de dejarla en la primaria, mandé los videos de la cámara, los análisis y las fotos del recibo a Laura y a un correo de respaldo. A las 4:12 de la tarde, mi celular vibró con una alerta de movimiento en la cocina.
Abrí la transmisión.
Un hombre de unos 55 años, moreno, con gorra negra y chamarra impermeable, estaba dentro de mi casa. Beatriz lo llevó directo a la barra. Él revisó el frasco blanco, le entregó un paquete envuelto en aluminio y dijo algo que la cámara no captó bien.
Luego se quedó quieto.
Miró directo al falso contacto.
Mi corazón se detuvo.
El hombre señaló la cámara. Beatriz se acercó despacio. La imagen se movió, se cubrió con su mano y la pantalla quedó negra.
Llamé a Rodrigo 8 veces. No contestó. Llamé a Laura.
“Ve por Camila ya”, me ordenó. “No esperes.”
Manejé hasta la primaria con las manos heladas. Entré corriendo a la dirección. La directora, con cara confundida, revisó la lista.
“Pero Camila ya se fue.”
Sentí que se me iba el aire.
“¿Con quién?”
“Con su abuela Beatriz. Tiene autorización familiar.”
La habitación empezó a girar.
Cuando llegué a la casa, Rodrigo acababa de estacionarse. Venía molesto porque tenía 14 llamadas mías perdidas. Pero al ver mi cara, no preguntó nada. Le mostré todo: los videos, los análisis, el recibo, la imagen del hombre.
Rodrigo se sentó en una silla de la cocina como si le hubieran cortado las piernas.
“Mi mamá no puede hacer esto.”
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