PARTE 2
La funeraria se detuvo a media calle.
La policía acordonó la casa y declaró el segundo piso como posible escena del crimen. Los peritos encontraron tornillos arrancados del marco de la puerta, astillas detrás del buró, vidrio roto bajo el tocador y marcas profundas alrededor del seguro. Alguien había intentado limpiar, pero lo hizo con prisa y miedo.
Sofía habló con una psicóloga infantil del DIF. Sin que nadie le sugiriera nada, repitió lo mismo: que su tío René había entrado a la fuerza, que su mamá gritó, que mi madre le quitó el teléfono y que la puerta quedó cerrada desde afuera.
Mi madre negó todo.
“Mariana estaba mal. Tomaba pastillas. La niña mezcló una pesadilla con la realidad.”
Pero el primer informe forense tiró su mentira al suelo: Mariana tenía lesiones defensivas antes de morir. No eran compatibles con la historia de una mujer sola y deprimida.
Mi padre pidió su tablero de letras. Tardó casi una hora en formar una frase con la mano temblorosa:
RENÉ. PUERTA. GRITOS. ROSARIO. TELÉFONO. ELVIRA. BOLSA NEGRA.
Luego volvió a señalar debajo de su cojín.
Un perito metió la mano y sacó una memoria SD pegada con cinta al armazón de la silla. Dentro había fotos de René tratando de abrir la caja fuerte de mi oficina, audios de él discutiendo con un prestamista y una nota de voz de un hombre que decía:
“Consigue la libreta negra y la tarjeta de acceso antes de que Alejandro vuelva. Si Mariana sabe algo, quítale el teléfono.”
Reconocí esa voz al instante.
Era de mi jefe, Horacio Barragán.
La libreta negra contenía rutas, horarios y claves de seguridad de un traslado de mercancía valuado en más de doscientos millones de pesos. La tarjeta daba acceso maestro al sistema de rastreo de la empresa. Barragán me había ordenado guardar ambas cosas en mi caja fuerte durante la ruta especial de tres días.
René debía casi cuatrocientos mil pesos por apuestas en línea. Un prestamista apodado El Cura le había ofrecido borrar la deuda si robaba esas credenciales. Mi madre ya había empeñado joyas, tomado dinero de las medicinas de mi padre y puesto como garantía parte de la casa para rescatarlo.
Mariana descubrió todo.
Había fotografiado mensajes, grabado discusiones y rentado una casita cerca de la primaria donde trabajaba. Planeaba irse con Sofía y llevarse a mi padre, porque él era el único en esa casa que siempre le creyó.
Su amiga Patricia llegó al Ministerio Público con un sobre que Mariana le había entregado dos días antes. Dentro estaban el contrato de renta, copias de conversaciones y una carta para mí.
“Alejandro, no quiero destruir a tu familia. Quiero sacar a nuestra hija y a tu papá de una casa donde ya no estamos seguras. Anoche te dije que tenía miedo. Me pediste que esperara. Ojalá llegues antes de que descubran lo que sé.”
Sentí una culpa que me partió en dos.
Recordé nuestra última llamada. Mariana me había dicho exactamente eso: “Tengo miedo.” Yo le respondí que no exagerara, que hablara con mi mamá y que esperara a que yo regresara.
Entonces el agente a cargo recibió una llamada del laboratorio. Habían recuperado un audio de una grabadora escondida detrás del espejo del baño.
La última voz no era de René.
Era de mi madre.
“Si denuncias a mi hijo, voy a decir que tú lo provocaste. La gente siempre le cree primero a la sangre.”
Después se escuchó el golpe de una puerta cerrándose por fuera y la voz de Mariana suplicando ayuda médica.
El agente apagó la grabación y me miró serio.
“Señor Ruiz, esto no terminó con su hermano. Alguien organizó el encubrimiento desde esa misma noche y quiso enterrar a su esposa antes de que usted volviera.”
En ese momento nos avisaron que mi tía Elvira había escapado en una camioneta de la funeraria con dos bolsas negras sacadas de la recámara.
Y lo que iba dentro de esas bolsas era la prueba que podía destruirlos a todos.
PARTE 3
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