Mi nombre era Yo.

Mi nombre era Yo.

Bruno dejó escapar una pequeña risa.
“Los documentos de transferencia. Mi esposa pensará que son para refinanciar la hipoteca. Ella firma todo sin leer cuando le digo que es urgente”.
Sentí que el suelo se deslizaba de debajo de mí. Me apoyé contra la pared del pasillo, mis manos mojadas con agua lejía y mi corazón latiendo como si quisiera saltar de mi boca.
“¿Y si sospecha algo?” Ella preguntó.
“¿Sospechoso?” Bruno bajó la voz. – Por favor, Sarah. Si le doy un sobre y le digo que es para la señora de la limpieza, ni siquiera hace preguntas. Esa mujer vive de migajas y gratitud”.
Fue entonces cuando oí su verdadero tono. No el esposo cansado. No el hombre que viene a casa pidiendo la cena. Era el tono de un amo hablando de un sirviente torpe.
Agarré la fregona tan fuerte que me dolían los dedos. Sarah se rió en el otro extremo.
“Pero la señora de la limpieza vio los papeles, ¿verdad?”

parte2

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