Conocía esa forma de caminar.
—Es Efraín —dijo.
Efraín Salgado era su chofer desde hacía 8 años. Un hombre callado, responsable y padre de una adolescente llamada Lucía.
Santiago recordó que 3 meses antes Efraín había pedido vacaciones por una “emergencia familiar”. Como siempre, firmó sin preguntar.
Marcó su número.
No respondió.
Después llegó un mensaje desde el teléfono de Efraín:
“No vengan. Ya es demasiado tarde”.
Valeria se puso de pie, todavía débil.
—Vamos a buscarla.
—Tú necesitas descansar —dijo Santiago.
—Esa niña soy yo hace 3 días. Si todos siguen diciendo que descanse mientras deciden por ella, va a hundirse más.
Marisol asintió.
—Tiene razón.
La casa de Efraín estaba en una colonia modesta de Naucalpan. Tenía las luces apagadas y las cortinas cerradas.
Santiago golpeó la puerta.
—Efraín, abre o llamo a la policía.
Después de un silencio largo, la cerradura sonó.
Efraín apareció desaliñado, con los ojos rojos.
—¿Dónde está Lucía? —preguntó Santiago.
—Arriba.
—¿Y el bebé?
El hombre se sujetó del marco.
—Ya no está.
Marisol soltó un gemido.
Efraín confesó que Lucía había dado a luz en secreto. Él temía que la corrieran de la preparatoria, que los vecinos hablaran y que su vida quedara marcada.
Por eso entró al hospital, tomó al bebé y le dijo a su hija que lo entregaría a una familia “decente”.
—¿Dónde lo dejaste? —exigió Valeria.
—En la parroquia de Santa Cecilia, en Tlalnepantla. Dentro de una canasta, junto a la entrada trasera.
—¿Cuándo?
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