PARTE 2 — EL RESPETO TAMBIÉN SE SIRVE
Mariana parpadeó como si doña Teresa le hubiera aventado agua en la cara.
—¿Perdón?
—Que se van ahora —repitió doña Teresa—. De mi casa.
Doña Elvira se levantó despacio, agarrando su bolsa como si fuera una señora ofendida en plena misa.
—Teresa, qué falta de educación.
Doña Teresa sonrió apenas.
—Falta de educación es llegar con recipientes vacíos a una comida ajena. Falta de educación es criticar cada plato mientras se lo comen. Falta de educación es poner a mi hijo a empacar la carne que yo compré sin siquiera preguntarme.
Daniel bajó la mirada.
Mariana golpeó la mesa con la palma.
—¡Solo eran sobras!
—No eran sobras —dijo doña Teresa—. Eran porciones que todavía no se habían servido.
—Siempre lo supe —dijo Mariana, con los ojos brillantes de rabia—. Usted nunca me quiso.
—Esto no se trata de quererte.
—Claro que sí. Le molesta que Daniel tenga esposa. Le molesta no mandar en él.
Esa frase cayó como piedra.
Durante años, Mariana había usado esa misma acusación para ganar discusiones. Si doña Teresa opinaba, era metiche. Si callaba, era falsa. Si invitaba, quería controlar. Si ponía límites, era una suegra celosa.
Pero esa tarde algo había cambiado.
Don Rafael se acercó a su esposa.
—Mariana, ya basta. Mi mujer los invitó, los atendió y ustedes la trataron como fonda gratis.
Elvira soltó una carcajada seca.
—Con razón su hijo se alejó. Qué ambiente tan pesado.
Doña Teresa sintió el golpe, pero no retrocedió.
Daniel por fin habló.
—Mamá, mejor discúlpate para que esto no crezca.
Ella lo miró.
Y ahí le dolió más que todo.
Más que los toppers.
Más que las críticas.
Más que Mariana.
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