PARTE 2
A las 12:17 de la madrugada, Mariana escuchó su nombre.
“Mariana…”
Al principio pensó que era el viento golpeando los ventanales. Luego vio los dedos de Daniel moverse sobre la sábana.
Se acercó temblando.
Daniel tenía los ojos abiertos.
Mariana quiso gritar, llorar, llamar a una ambulancia, pero él hizo un esfuerzo terrible para negar con la cabeza.
“No hables fuerte”, murmuró. “La cámara también graba sonido.”
Mariana fingió acomodarle la almohada y acercó el oído a su boca.
“No tomes esas pastillas. No comas nada del refrigerador. No firmes la libreta.”
El corazón de Mariana empezó a golpearle el pecho.
Daniel habló en frases cortas, como si cada palabra le costara la vida. Le contó que despertaba por momentos durante la noche, pero cada vez que el doctor Rivas lo notaba, ordenaba más sedantes. Podía escuchar a todos. A su madre. A su padre. A Mauricio. Incluso había escuchado cuando hablaron de su seguro de vida.
“Me quieren mantener dormido hasta que parezca natural”, susurró. “Y quieren que tú cargues con la culpa.”
Mariana sintió que el cuarto se inclinaba.
La deuda de Mauricio y Álvaro no era de noventa millones. Era peor. Habían falsificado firmas de Daniel para usar su empresa, sus terrenos y sus equipos como garantía ante inversionistas privados. Además, alguien había aumentado una póliza de seguro a nombre de Daniel por ciento diez millones de pesos.
El plan era simple y monstruoso: drogar a Daniel, hacer que Mariana firmara los registros médicos, dejarla agotada con pastillas para dormir y luego culparla de haber confundido dosis.
“Ellos necesitan que yo muera”, dijo Daniel. “Y que tú parezcas culpable.”
Al amanecer, Mariana actuó como si nada hubiera pasado.
Cuando Brenda intentó que firmara las hojas atrasadas de la libreta, Mariana pidió recetas, dosis, sellos y números de cédula profesional. La enfermera se puso blanca.
Pocas horas después, Mariana recibió una llamada de un número desconocido.
“Soy Tomás Salgado, abogado de Daniel. Él me dejó instrucciones por si algo raro pasaba.”
Tomás llegó disfrazado de repartidor, con una caja de pan dulce en la mano y un médico de confianza esperando en una camioneta a dos calles. El médico, la doctora Irene Robles, revisó a Daniel en secreto y confirmó lo que Mariana ya temía: su esposo no estaba en coma profundo. Estaba sedado de manera abusiva.
Reunieron frascos, jeringas, notas médicas y muestras de los medicamentos.
Entonces Brenda se quebró.
Entre lágrimas, confesó que Mauricio la obligó a escribir registros falsos porque su hermano menor le debía dinero a gente peligrosa vinculada con él. Mostró mensajes en su celular.
“Haz que Mariana firme.”
“Tómale fotos con las pastillas.”
“Necesitamos que parezca que ella controla todo.”
Esa noche llegó un correo al teléfono viejo de Daniel.
“Busquen debajo del azulejo suelto junto a la fuente.”
Mariana y Tomás salieron al jardín. Bajo el azulejo encontraron una bolsa impermeable. Dentro había contratos falsos, videos, copias de transferencias y un borrador de acta de defunción.
El nombre de Daniel ya estaba escrito.
Solo faltaban la fecha y la hora.
En el último video, Álvaro aparecía escondiendo la bolsa. Tenía la cara desencajada.
“Esto ya no es fraude”, decía a la cámara. “Esto es asesinato.”
Al fondo, se escuchaba la voz de Mauricio: “Mañana volvemos. Esto se termina en cuanto lleguemos.”
Mariana entendió entonces que la familia Urrutia no regresaba para ver a Daniel.
Regresaban para asegurarse de que nunca pudiera despertar.
PARTE 3
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