PARTE 2
Mateo limpió la herida de Valeria sin llamar a ninguna empleada. Le pidió permiso antes de tocarla, dejó la puerta abierta y le prometió que ningún médico elegido por don Ernesto volvería a entrar en esa casa.
Valeria no le creyó del todo.
Había aprendido que las promesas de los hombres poderosos casi siempre venían con una cadena escondida.
Pero aquella noche Mateo durmió en el sillón del pasillo, no para vigilarla, sino para impedir que otros la tocaran.
En los días siguientes, el matrimonio que había nacido como un contrato empezó a cambiar en silencio.
Valeria revisó las cuentas de la mansión y descubrió pagos falsos cargados al personal doméstico. Había cocineras a las que les descontaban “errores” que nunca cometieron, jardineros obligados a firmar recibos inflados, choferes endeudados con préstamos que alguien más había cobrado.
Mateo despidió al administrador corrupto y devolvió el dinero.
—No tienes que hacer eso para quedar bien conmigo —le dijo Valeria.
—No lo hice por quedar bien —respondió él—. Lo hice porque tenías razón.
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