PARTE 2: LAS PUNTADAS DE LA MEMORIA
El objeto era una pequeña grabadora plateada, vieja y rayada en las esquinas.
Renata la reconoció de inmediato.
Mateo la llevaba a todas partes. Con ella grababa los ensayos desastrosos de su banda, melodías incompletas, bromas familiares y mensajes de voz que nunca compartía con nadie.
Pero la grabadora no era lo único escondido en el vestido.
Debajo de la rosa principal, cosida directamente sobre el lugar donde descansaba el corazón de Renata, había otra flor hecha con cuadros azules y grises.
Claudia se llevó una mano a la boca.
La tela provenía de las camisas de franela de Mateo.
Eran las mismas que él colocaba sobre los hombros de Renata durante sus ataques de ansiedad. Emiliano las había cortado pétalo por pétalo y las había transformado en una rosa suave, oculta bajo el encaje marfil.
Desde el escenario, el joven levantó el micrófono. Sus nudillos estaban cubiertos con cinta médica.
—Presiona el botón rojo, Reni.
Aquel apodo hizo que a Renata le temblaran las piernas.
Solo Mateo la llamaba así.
Emiliano conectó la grabadora al sistema de sonido. Renata presionó el botón.
Primero se escuchó un crujido. Después, la voz de Mateo llenó el gimnasio.
—Hola, Reni. Seguramente estás poniendo esa cara de “¿qué tontería hiciste ahora?”. Pero necesito que escuches esto hasta el final.
Renata dejó escapar un sollozo.
—Emiliano y yo hicimos un trato. Le dije que, si algún día me quedaba atrapado en el tráfico, me enfermaba o no podía llegar a tu graduación, él tendría que asegurarse de que usaras algo que se sintiera como un abrazo.
Varias personas comenzaron a llorar.
—No sé qué vestido llevas puesto mientras escuchas esto. Tal vez Emi hizo una obra maestra o tal vez parece una cortina de la abuela. En cualquier caso, quiero que recuerdes algo: eres hermosa incluso en los días en que no puedes creerlo. No permitas que una tienda, un espejo o alguna persona amargada te convenzan de que ocupas demasiado espacio. Nunca te hagas pequeña para que otros se sientan grandes.
La voz de Mateo hizo una pausa.
—Yo estoy contigo, Reni. Ahora ve a bailar.
Después comenzó a sonar una melodía de guitarra.
Era una canción que Mateo había escrito para ella y que nunca alcanzó a terminar.
Renata cayó de rodillas, apretando la grabadora contra el pecho. Sin embargo, su llanto ya no era el mismo que la había encerrado durante meses. Era el llanto de alguien que por fin se permitía abrir una puerta cerrada demasiado tiempo.
Las alumnas que se habían burlado de ella permanecían inmóviles. La empleada de la boutique también estaba allí, acompañando a su sobrina, y se cubrió el rostro cuando varias personas la reconocieron.
Emiliano bajó del escenario. No pronunció ningún discurso. Simplemente se acercó a Renata y extendió la mano.
—Tu hermano me dijo que no te dejara quedarte sentada.
Ella tomó su mano.
Mientras bailaban, uno de los estudiantes grabó la escena con su teléfono. Captó el vestido, la rosa hecha con las camisas de Mateo y la voz del joven fallecido resonando por todo el gimnasio.
Antes de que terminara la canción, el video ya circulaba entre los alumnos.
A la mañana siguiente tenía más de dos millones de reproducciones.
Por la tarde había superado los once millones.
Miles de personas preguntaban quién había confeccionado el vestido. Varias estaciones de televisión buscaban entrevistar a Emiliano. Diseñadores de Guadalajara, Monterrey y Ciudad de México querían conocerlo.
Pero entre todos los mensajes apareció uno que paralizó a Claudia.
Había sido enviado desde una cuenta que pertenecía a Mateo.
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