La morgue no es como la imaginan en las películas. No es solo un cuarto frío y metálico donde “termina todo”. Es un sitio donde el silencio tiene otra densidad, donde cada paso suena distinto, y donde quienes trabajan ahí aprenden a moverse con respeto… y con una cautela que solo se entiende después de vivirlo.
Quien cuenta esta historia es un trabajador de la salud que, además de acompañar pacientes en situaciones difíciles, se especializó en tanatopraxia: el conjunto de procedimientos para higienizar, preservar y preparar cuerpos para que sus familias puedan despedirse. No es un oficio que se aprenda solo con teoría. Según su experiencia, se aprende con práctica, con protocolos y, sobre todo, con temple emocional.
¿Qué hace realmente un embalsamador?
En su día a día, la labor incluye tareas que el público casi nunca ve: retirar cuidadosamente elementos médicos, limpiar el cuerpo, verificar identidad, rotular correctamente, proteger orificios por donde pueden liberarse fluidos, y dejar todo listo para que una funeraria pueda proceder con la velación.
También habla de la preservación: uso de sustancias conservantes y técnicas para evitar la descomposición acelerada. En su relato, insiste en que una parte del trabajo es técnica, pero otra es profundamente humana: tratar al fallecido con dignidad y tratar a la familia con respeto, incluso cuando el dolor los vuelve impredecibles.
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